miércoles, diciembre 05, 2007

HUELGA

A la realidad le pasa lo que a las prostitutas: si de pronto se atravesara en tu camino, y te susurrase con voz aguardentosa: "seré lo que tú quieras", seguramente nos abrumaría la tosquedad de la propuesta. Acertaría uno a balbucir, como en esos cuentos en que se le conceden tres deseos al protagonista: "No sé; que los autobuses sean puntuales y no lleven la radio puesta; que la amabilidad sea la norma, incluso en el trato circunstancial entre extraños; que la razón impere". Y se da uno cuenta, enseguida, que el resultado sería tan descorazonador como decirle a esa amante venal y absolutamente pasiva: "Ahora, quítate esto o lo otro; ahora ponte así...".

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Pero ahora me acuerdo de que lo que quería anotar era ese persistente recelo que siento todavía al pasar, en un lugar solitario, ante un grupo de adolescentes desocupados y más o menos malencarados. Me viene de la infancia, de cuando era capaz de dar un largo rodeo por tal de no exponerme a no sé qué innombradas sevicias y burlas. Y ahora que sé que mis canas y mi aspecto de cuarentón me ponen a salvo de esas confianzudas humillaciones, el recelo pervive, armonizado con un creciente sentimiento de... conmiseración. Qué largo ese tiempo sin obligaciones; qué turbias y lastimosas todas esas furtividades en las que siempre parecen estar ocupados; qué desolada desarmonía con el mundo la de quienes han elegido estos rincones desahuciados como paradero habitual. Los miro de reojo. Y aprieto el paso, no vaya a ser que...

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Huelga de autobuses. Sentimiento de desafección ciudadana. Mi capacidad de empatía también está en huelga.

1 comentario:

Manuel dijo...

Tengo una buena receta para que nunca tengas problemas al pasar junto a jovenes o bien gente de mal mirar, es bien sencilla: salúdalos "Buenas tardes", "Buenos días". Te aseguro que no se meterán contigo. La educación apabulla.