lunes, diciembre 24, 2007

NIEVE

Termino el libro de Llop sobre César González-Ruano. Y me reafirmo en lo que anotaba el otro día respecto a la conveniencia de no esperar a terminar un libro para adelantar una opinión sobre el mismo. Los finales tienden a confundir, buscan dejarnos determinado sabor de boca, intentan gratificar al lector u orientar su juicio en sentido favorable para el autor... Y algo de eso hay en los últimos párrafos del de Llop. Que es un libro estimable y, dentro del difícil género en el que se inscribe -el ensayo biográfico especulativo, con un pie puesto en la ficción-, una pequeña obra maestra. Por eso era innecesario justificar sus posibles arbitrariedades o excesos especulativos mediante un forzado intento de presentarlo como... una novela. No lo es, no tiene por qué serlo. Es, simplemente, un buen ejercicio de lectura crítica, especialmente apropiado al objeto al que se aplica. Porque si hay un autor español que requiera esta clase de lectura, y que fuerce al lector a imaginar o suplir lo que no se cuenta o se cuenta de manera ambigua y engañosa, ése es el escurridizo César González-Ruano. Llop no consigue desvelar ninguno de los muchos misterios que plantean las memorias y demás escritos autobiográficos de este personaje único. Pero acierta a plantearlos. Y eso justifica sobradamente su empeño, sin necesidad de buscar amparo en las convenciones de la novela. Estamos hartos de según qué novelas, amigo Llop.

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Lo que sí quisiera señalar es mi discrepancia con esa nota elegíaca que suele sonar siempre que se habla de González-Ruano. Ni ha tenido tan mala suerte póstuma como se dice ni parece haber caído en el olvido. Pocos autores de su tiempo y circunstancia son tan reeditados. Véanse, si no, las recientes ediciones de sus memorias y diarios (en Renacimiento y Visor, respectivamente), que yo mismo reseñe en su día para El Cultural, o la cumplida antología poética que publicó hace poco Renacimiento, o la monumental compilación de su obra periodística que ha publicado la Fundación Mapfre-Vida.

Yo me alegro de esta buena fortuna póstuma, que no transcurre, evidentemente, por la franja más visible de la actualidad editorial, pero que tiene bien ganada para sí un cómodo espacio en la zona más discreta, que es la que transitan, creo, los lectores más curiosos y fieles.

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Está a punto de nevar, nos dice M., señalando la sempiterna cresta rodeada de nubes que tiene frente a su balcón. Pero no nieva. Lo que redunda, no tanto en el descrédito de M. y sus pronósticos, como en la desesperanzada constatación de que se nos escamotea por cuestión de días (mañana ya no estaremos aquí) algo que creíamos merecer.

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