martes, enero 22, 2008

ECONOMÍAS

Una laguna en la memoria; o, mejor dicho, la imposibilidad momentánea de completar una de esas cadenas que surgen al azar de las conversaciones. La de esta mañana, por ejemplo, mientras tomábamos café: la ciudad de Brest (mencionada por un compañero que ha estado allí), la película Querelle de Fassbinder, el libro de memorias de un conocido autor francés en el que está basada, el título de ese libro (irrelevante, de momento), el nombre de su autor (angustiosamente ilocalizable, por más que alcanzo a vislumbrar casi el recoveco de la memoria en el que está ubicado, la extensión de la palabra, sus consonantes)... Torpemente, doy algunas pistas, por si alguno de mis interlocutores puede sacarme del apuro: delincuente, vagabundo, homosexual, anduvo por España, estuvo incluso en nuestra ciudad, escribió una obra de teatro llamada Elle, sobre el Papa ... El compañero que inició estas deriva de la conversación dice saber de quién hablo, pero tampoco logra recordar el nombre. Cambiamos de tema. Y, a los pocos minutos, el nombre de Jean Génet y el título Memorias de un ladrón emergen limpiamente del fondo de la memoria, donde descansaban plácidamente desde hacía años. Los dejo caer en la mesa, como quien suelta una carta ganadora. Por unos instantes, siento como si mi cerebro hubiera efectuado una de esas silenciosas operaciones de búsqueda con que los ordenadores logran impacientarnos en apenas unos segundos. Pero me justifico diciéndome: a) que me estoy haciendo mayor; y b) que, al fin y al cabo, puede que el olvido de ese libro y ese autor obedeciese a un prudente principio de economía, más beneficioso que otra cosa.

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