martes, enero 29, 2008

ELOGIO DE LA CALIGRAFÍA

Nunca he sido un gran calígrafo. De niño, me costaba horrores copiar fielmente la muestra del cuaderno de caligrafía, y era ésa una tarea que odiaba de todo corazón. Pero, independientemente de la belleza y pulcritud del resultado, nunca hasta ahora me había costado escribir a mano, e incluso hubo un momento a finales de mi infancia o comienzos de mi adolescencia en el que me sentía relativamente satisfecho con mi letra: más o menos domeñada, y de un estilo más bien ecléctico, en el que se mezclaban rasgos de imprenta y vicios ya imposibles de erradicar, empezaba a parecerme razonablemente "adulta" y "personal". Durante los años de bachillerato y universidad, la machaqué a fuerza de tomar apuntes. Pero logré mantenerme inmune a todo ese galimatías de abreviaturas y apócopes que lastra para siempre la letra de los estudiantes. Y lo que no podía imaginar, en fin, es que esa bendita habilidad, tan trabajosamente adquirida y madurada, la iba a perder en la edad madura por falta de uso: desde que me habitué al ordenador, prácticamente he dejado de escribir a mano. Lo pasé mal el año en el que me tocó redactar (manualmente, por supuesto) las actas de las reuniones que celebramos en el trabajo. Y hoy mismo he vuelto a experimentar un deshonroso agarrotamiento de los dedos al copiar un par de veces un soneto, con el que contribuyo a un conjunto de obras originales que unos amigos sortearemos próximamente en cierto evento artístico que andamos organizando... Mienten los que dicen que hay habilidades que jamás se pierden, como el montar en bicicleta. Con la mano entumecida y la letra más deforme que nunca, envidio el pulso fluido de los calígrafos japoneses, la esbeltez de sus trazos, la conciencia de que cada uno de ellos es un gesto único e irrepetible, digno de ser preservado, y no el trabajoso empeño de unos dedos torpes, acostumbrados a tamborilear sobre unas teclas.

(Para colmo, tampoco soy buen mecanógrafo.)

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