jueves, enero 10, 2008

GUIÑOL

En el autobús. Los asientos de delante van ocupados por dos adolescentes que deben de ser extraordinariamente menudas, pues sólo alcanzo a ver de ellas las respectivas colas de caballo en las que llevan recogidos el pelo. Una no para de hablar, la otra calla y asiente. La que habla afecta un desgarro algo impostado, salpicado de palabras gruesas: entre sus hazañas, la de haberse gastado setenta y nueve euros, dice, en su última salida: quince en la comida; el resto, da a entender, en copas; con lo que no me salen las cuentas: sesenta y cuatro euros en copas equivale, según la tarifa media vigente por estos aledaños, a unas veintidós copas... Una de dos: o toda la pandilla ha bebido a costa de ella, o esta chica tiene el aguante de un regimiento de legionarios. O la han timado en todos los bares en los que ha entrado, que también es posible

Pero no era esto lo que yo quería anotar, sino el curioso efecto visual resultante de oírlas hablar y ver cómo el moño de la más charlatana no para de moverse por encima del remate del asiento, mientras que el de la otra apenas si se balancea levemente alguna que otra vez, en señal de
asentimiento. Parece que son las colas las que hablan, y que estoy asistiendo a una representación de guiñol en la que intervienen dos extrañas marionetas peludas. Por un momento, en fin, la que calla y asiente deja de oscilar, como si se hubiese vuelto refractaria al torrente de datos irrelevantes que cae sobre ella. Me inquieta ese gesto de impaciencia; y, durante unos segundos, me parece que de ese remate capilar van a salir unos bracitos peludos enarbolando una estaca...

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