domingo, enero 13, 2008

MAULLIDOS

K. sufre mal de amores; de la peor clase: la que no tiene objeto definido. Maúlla tristemente y acepta nuestras caricias como un consuelo insuficiente, que no afecta al motivo de su malestar. Que tiene carácter fisiológico, sí, pero se manifiesta más bien como una nostalgia infinita de algo que no puede ser mera fisiología, y que debe de parecerse mucho, en su mente gatuna, a un anhelo de selvas lejanas, de carreras ardorosas tras un topillo o una lagartija, de olores intrincados y rumores espesos...

Yo también me sentía como ella cuando tenía el equivalente a su edad. Y también ahora, en fin, en ocasiones. Pero he aprendido a no maullar innecesariamente
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Excursión campestre en compañía de dos amigos. Quedamos poco antes del amanecer, en una esquina del pueblo. No hay un alma en la calle, y nuestros pasos resuenan con esa indiscreción característica de lo que contraviene las convenciones de una comunidad tranquila y biempensante. Nos adentramos en el monte. En la oscuridad sólo se distingue la blancura de la piedra caliza sobre la que caminamos. El resto es negrura; o algo, en fin, que tiene un fundamento de negrura, pero que ofrece también la naturaleza tornadiza de las sustancias sensibles a la luz, y va desplegando poco apoco, conforme llega el día, una amplia gama de colores tocados de esa oscuridad primigenia de la que surgen, ya reconocibles: verdes apagados, pardos, azules. Llega un momento, en fin, en que los elementos circundantes terminan de definirse, pero para nosotros, que nos hemos ido acostumbrando gradualmente a ellos, todavía tienen un cierto carácter de meras apariencias, de fantasmas delatados por la naturaleza cambiante de la luz en la que habitan.

Curiosamente, es ya pleno día cuando terminamos de perder la senda que hasta entonces habíamos seguido. Vamos a campo traviesa, no sin dificultades: una zarza está a punto de desgarrarme la cara, y de hecho me clava una de sus espinas en el labio. Noto el sabor de la sangre, pero el corte ha sido muy superficial y se cierra enseguida. Algunos hitos lejanos nos permiten orientarnos, y decidimos encaminar nuestros pasos a Casa Fardela, uno de los puntos de destino habituales de las excursiones por esta zona. Salimos a campo abierto y, curiosamente, sentimos que la temperatura es considerablemente más baja que en las espesuras por las que nos habíamos movido hasta entonces. La helada tiñe de blanco las hierbas del suelo, que ofrecen a nuestro paso un tacto quebradizo. Con la punta de nuestros bastones rompemos el cascarón de hielo de algunos charcos. Sentimos como el frío nos sube por la espalda, y nos apresuramos, temerosos de que las nubes que empiezan a acumularse sobre las crestas de las montañas desciendan sobre nosotros en forma de niebla. Al poco, distinguimos los dos altos chopos, ahora desnudos, que señalan el emplazamiento de Casa Fardela. Rodeamos el pilón que la antecede, flanqueado de charcos helados, y nos dirigimos al edificio, ahora en ruinas. Nos sentamos a descansar en un escalón de obra adosado al muro, y afrontamos la vuelta.

Al llegar a casa, acuso los efectos del madrugón y la caminata, y me echo a dormir. Cuando despierto, tengo la impresión de que todo lo anterior ha sido un sueño; o, peor: constato que, pese a la indudable realidad de los hechos descritos, su consistencia, en lo que a mí concierne, es la de lo soñado. Pero ha sido un sueño hermoso, de todas formas, que me deparará imágenes confortadoras para el resto de una semana que adivino que va a ser dura.

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