lunes, enero 14, 2008

MEDITACIÓN PREELECTORAL

Cada vez que se convocan elecciones pienso lo mismo: he aquí una oportunidad de pasar factura a los políticos por todas las insatisfacciones y disgustos que debo a su gestión. Pero, a poco que lo pienso, constato que las responsabilidades por esas insatisfacciones y disgustos están tan diluidas, tan repartidas entre administraciones controladas por distintos partidos políticos, que no es posible orientar el voto por el simple procedimiento de decir: "si éstos lo hacen tan mal, démosles una oportunidad a estos otros". La verdad es que, a estas alturas, tengo la absoluta certeza de que todos lo hacen igual de mal. Pongo un ejemplo concreto: a la desastrosa organización de los transportes interurbanos en la Bahía de Cádiz se debe el molestísimo hecho de que el breve trayecto de quince kilómetros que he de cubrir diariamente para llegar de mi casa al trabajo sea una auténtica carrera de obstáculos. Este desastre compete a la Junta, titular del servicio, administrado por una empresa concesionaria; pero a que siga siendo un desastre contribuye muchísimo el conformismo de los ayuntamientos implicados, el de Cádiz y el de Puerto Real, que no se atreven a levantar la voz por temor a herir las susceptibilidades de la empresa y los trabajadores, siempre enzarzados en interminables conflictos laborales que perjudican notablemente el servicio... Y estos ayuntamientos, en fin, están en manos del Partido Popular y de Izquierda Unida, respectivamente, igual que la Junta lo está en las del Partido Socialista. Con lo que tenemos que, si utilizo este caso concreto como vara de medir el interés que estos partidos sienten por mis problemas cotidianos, la conclusión es clara: no puedo votar a ninguno de los tres. A pesar, incluso, de que mis simpatías se inclinan más hacia unos que hacia otros. O quizá por eso mismo.

Podría aducir otros ejemplos, que implicarían incluso a otros partidos del arco parlamentario, tanto nacional como autonómico. Y el caso es que me apetece votar, pese a todo. Tal vez reparta el voto de la manera más dañina posible hacia todos ellos, como he hecho en alguna otra ocasión. O tal vez busque una opción nueva. Ya veremos. En cualquier caso, el noble principio de "un hombre, un voto" tiene esta inevitable contrapartida: lo que vota un solo hombre no importa demasiado.

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