martes, enero 15, 2008

MERCADILLO DE INTERCAMBIO

La biblioteca local organiza un "mercadillo de intercambio" con los libros resultantes de su expurgo anual, que pueden ser canjeados por libros recientes. Es, junto con el mercadillo que organiza Manos Unidas en la Feria del Libro, una de las pocas válvulas de alivio para la imparable afluencia de libros que soportamos en casa. Como sólo admiten dos canjes por persona, le pido a C. que me acompañe, con lo que podremos cambiar cuatro libros. No dejan de darme pena los sentenciados: un estudio histórico local, una disparatada antología poética reciente, una biografía "feminista" de una poeta menor del 27, una especie de biografía de Proust para lectores de novela rosa... Engendros editoriales, que no admiten siquiera la consideración de curiosidades, ni invitan al hojeo distraído de un cuarto de hora, que es lo menos que se le puede pedir a un libro, la única condición que les pongo para obligarme a cargar con él de por vida. Los dejo en el mostrador de la biblioteca y accedo al largo pasillo donde han colocado las mesas con su melancólica carga de libros desahuciados. Lo de siempre: clásicos que todo el mundo da por leídos, y que quizá muy pocos han leído como es debido; restos de colecciones populares; esmirriados libros de poesía de autores locales o colindantes; libros de medicina recreativa, tratados de pintura, monografías de ocultismo... Rescato, de entre esa amalgama, una colección de cuentos de Ramón J. Sender, un par de números monográficos de Litoral (esa revista que, según un editor amigo mío, toma su nombre de la fabada, antes que de la publicación homónima del 27...) y el deuvedé de Del rosa al amarillo, aquella prometedora película de Summers que quedó en eso: en una promesa que el trabajo posterior de este cineasta no llegó a confirmar. Exigua cosecha, que hace que C. arrugue el ceño, por haber tenido que perder parte de su agobiada tarde escolar en ayudar a satisfacer estas rapacidades de su padre. La del año pasado fue mejor, aunque tampoco exenta de melancolías: todavía me parece sentir en las manos el tacto polvoriento de ese tomo de cuentos de Hemingway, en papel biblia... En fin. Supongo que uno acude ya a estas cosas sobre aviso, y que va predeterminado a extraer de ellas una especie de lección moral, al modo de las que impartían las vanitas de la pintura renacentista y barroca. Pero eso no explica del todo la ansiedad, el pulso acelerado ante la mera posibilidad de conseguir, en la rebusca, ese libro deseado que parecía estarme destinado, y que, a pesar de su tacto polvoriento, más producto del abandono que de haber sido manoseado por muchos, promete irrumpir en mi vida con toda la fuerza de su novedad y su frescura.

2 comentarios:

Manuel dijo...

Realmente tenéis suerte en los pueblos grandes. Una pena lo de la antología, eso sí. Una suerte leerte, también.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Gracias Manuel. Tus visitas son siempre bienvenidas. En cuanto a la antología, te aseguro que no merecía la pena.