martes, enero 01, 2008

MORLOCKS

Salvo algún detalle de poca importancia -un jirón de nube, un silencio unánime de mañana de domingo, una gaviota tardía cortando el aire gélido-. el primer día de 2008 se parece como una gota de agua a otra al último día de 2007.

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Los excesos, como todo en esta vida, también se rigen por teorías y principios absolutamente personales e intransferibles. Como los de la gata K., por ejemplo: pasó buena parte de las horas previas a la cena pendiente de los preparativos, encaramada a una banqueta de la cocina y relamiéndose anticipadamente ante los excitantes olores que iba percibiendo. Apiadada de ella, M.A. le pone junto a su bandeja de comida unos recortes de salmón, que ella recibe con gran entusiasmo. Pero, apenas los ha probado, vuelve a su banqueta, a seguir acechando los preparativos y, si es posible, aprovecharse de algún descuido nuestro para robar algo de la encimera. Para ellas, las presas verdaderamente valiosas son ésas: las debidas a su paciencia y agilidad, y no las otras, las que, vistas en el suelo, en una bandejita de papel plateado, tienen, la verdad sea dicha, un aspecto muy poco apetecible.

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Batalla furtiva de petardos en la calle. Oigo las explosiones, incluso sorprendo algún que otro chispazo fugaz, seguido de su correspondiente nube de humo parduzco y olor a chamusquina. Pero no veo a los demonios que manejan esa pirotecnia, y que deben de haber bajado de sus casas con las uvas todavía a medio masticar, pues apenas ha habido solución de continuidad entre el momento del rito doméstico y este súbito ajetreo callejero, atendido por una infrahumanidad que, quizá, después de todo, no ha bajado de las casas, sino subido de las alcantarillas, como los morlocks de H. G. Wells.

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