miércoles, enero 30, 2008

REFERENTES

En mis labores de bibliotecario escolar, me toca esta mañana fichar un lote de publicaciones oficiales relacionadas con la Generación (o lo que sea) del 27. Llama la atención que el horizonte, digamos, académico en el que todavía se mira la poesía española sea esta Generación, y que ningún poeta o grupo de poetas surgidos después hayan alcanzado semejante grado de notoriedad y estima. No digo que los del 27 no la merezcan; todo lo contrario. Pero sí creo que estamos en condiciones de definir sus logros con cierta objetividad y detectar sus carencias; y que es muy posible que esas carencias hayan sido resueltas o superadas por otros poetas posteriores; lo que, seguramente, se debe a que estos últimos contaron con tan valioso precedente y pudieron otear el panorama, por así decirlo, desde los hombros de un puñado de gigantes.

El principal logro de los poetas del 27 quizá haya sido el de haber puesto en valor el conjunto de la poesía española precedente, superando las divisiones de periodos y escuelas y asumiéndola como una tradición coherente y viva, capaz de soportar una profunda renovación sin perder sus esencias: eso que los manuales llaman, de un modo algo redicho, "conjugar tradición y vanguardia", y que podríamos describir, más prosaicamente, como el buen tino que tuvo toda una generación (y aquí sí parece oportuno el término) para reformar y hacer habitable un viejo edificio lleno de goteras y de cámaras selladas. El intento, naturalmente, no les pertenece por entero: ya en Rubén Darío se advierte el mismo empeño, que el nicaragüense no tuvo tiempo ni quizá fuerzas para rematar.

La carencia más evidente de los del 27, por otra parte, es que ninguno de ellos acertó a culminar satisfactoriamente el principal empeño de toda la poesía moderna: escribir en algo parecido al lenguaje hablado, o a esa estilización literaria del lenguaje hablado que llamamos "tono conversacional". Alberti, por ejemplo, en este sentido, no acertó más que a combinar su personalísima retórica con algunos términos de germanía, sobre todo en su poesía más ligera y satírica, en la estela de Quevedo; Cernuda trabajosamente forjó un sermo humilis que, con toda su portentosa eficacia, está muy lejos de ofrecer la naturalidad de sus modelos anglosajones; no digamos ya el amanerado Aleixandre o el forzado Guillén.

A algunos les parecerá que la obra, más breve y limitada, de poetas como Jaime Gil de Biedma o Pablo García Baena no admite parangón con la de los del 27. Sin embargo, una adecuada estimación de estos poetas más recientes no iría nunca en detrimento de sus precedecesores, sino todo lo contrario: si Gil de Biedma va más allá de Cernuda en el empleo de la lengua coloquial como instrumento de reflexión y autoanálisis, es porque se alza, precisamente, sobre sus hombros, y mira más allá y más acá: a los maestros ingleses que también amó Cernuda, por un lado; pero también al sin par Manuel Machado... Lo mismo cabría decir de García Baena respecto a Alberti o Aleixandre, entre los que oscila, para quedarse en un personalísimo terreno intermedio donde la riqueza retórica y verbal de uno y el largo aliento del otro se combinan magistralmente, y ofrecen resquicios para que el cordobés haga sus personalísimos quiebros hacia lo cotidiano y coloquial.

Ya sé, en fin, que estos motivos de apreciación literaria tienen poco que ver con la estima popular. Difícilmente ningún poeta posterior alcanzará las dimensiones míticas del Lorca asesinado, por ejemplo. Pero dice mucho de este país que, también en poesía, sigamos teniendo como más alto referente las inmediaciones de la Guerra Civil.

2 comentarios:

Mr Quaker dijo...

¿No te olvidas de Juan Ramón? Tampoco mencionas a Unamuno.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Supongo que lo dices por la alusión a Rubén Darío. Pero la aportación de JRJ y Unamuno tiene otro sentido: a Unamuno, seguramente, cabría adscribirlo a la misma tentativa de Cernuda: la de forjar un instrumento de reflexión no ahogado de antemano por las convenciones retóricas vigentes; JRJ es, él solo, una literatura completa; pero (y este "pero" no representa un inconveniente, entiéndaseme), en su originalidad radical, casi prescinde de ese diálogo con la tradición que emprendió Darío y tan brillantemente continuaron los del 27... Lo que no quiere decir, por supuesto, que despreciase la tradición; sus artículos y ensayos de crítica literaria son un magnífico ejemplo de lo contrario.

En fin, son intuiciones personales, que costaría mucho demostrar (si es que son demostrables); son, simplemente, mi manera de orientarme en mis lecturas y de organizar mis recuerdos de lecturas.