domingo, enero 27, 2008

CALCOMANÍAS

Leo este fin de semana Calcomanías, la compilación de los tres primeros libros del argentino Oliverio Girondo, que acaba de publicar Renacimiento. Poesía divertida, en el sentido que le daba a esta palabra Gabriel Ferrater. Poseedora de esa alegría que preconizó la primera vanguardia. Descarada, algo indecente, irrespetuosa, fresca. Pero en ningún momento torpe o irrelevante. Girondo poseyó un excelente oído y, seguramente, practicó los metros clásicos hasta la extenuación en su prehistoria literaria. De modo que, cuando sale a la palestra enarbolando las formas libérrimas que había aprendido en los postsimbolistas y protovanguardistas franceses (Laforgue, Cendrars, Morand), le salen versículos o prosas poéticas de una sonoridad muy grata al oído formado en la tradición literaria, a la vez que dotados de la frescura y ligereza que exigían sus modelos y los asuntos tratados. Divierte también la satiriosis que parecía aquejar a este poeta que, según las fotografías y caricaturas, debió de ser bastante feo (a mí me recuerda, ay, a mi querido paisano Fernando Quiñones): no hay poema en el que no se hable de fluidos corporales, de órganos sexuales imaginados o intuidos, de olores concomitantes... Las bailaoras flamencas , al mostrar el sobaco desnudo, exhiben "un pregusto de sus intimidades"; a unas feligresas se les "licua el sexo" ante la visión del Cristo ensangrentado; las marismas bretonas tienen "un olor a sexo que desmaya".

Girondo paseó esta mirada enfebrecida por buena parte de Europa y España, y sus dos primeros libros (Veinte poemas para ser leídos en el tranvía, de 1922, y Calcomanías, de 1925) no son sino una cumplida e inspirada guía turística de los lugares que visitó, reducidos a sus rasgos esenciales, que son también los de la condición humana. El tercer libro, Espantapájaros al alcance de todos (1932), prescinde de la falsilla viajera, y quizá por eso causa una cierta impresión claustrofóbica; lo que no obsta para que esta colección de prosas -con un curioso poema intercalado, en endecasílabos, consistente exclusivamente en verbos recíprocos- siga resultando, hoy día, deslumbrante, y prefigure el narrador visionario y fantástico que Girondo no quiso ser, pero que salta a la vista en arranques como éste: "Si hubiera sospechado lo que se oye después de muerto, no me suicido".


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J.A.M. me enseña los cuadros de su aprendizaje: lo guarda todo, incluso algún que otro dibujo infantil. El avance claro y seguro de una vocación; las vacilaciones, las dudas; el afianzamiento de un estilo propio que, como todos los estilos verdaderamente personales, no es sino la renuncia a las servidumbres a que obliga la pretensión de originalidad a cualquier precio... Naturalmente, no le digo nada de esto. Contemplo con asombro y placer esta impresionante colección de apuntes, cartones, bocetos: una calle de Cádiz, una ola, unas manchas de óleo que prefiguran paisajes submarinos ("experimentos", dice, despojando esta tonta palabra del engolamiento con que algunos la enarbolan)... Es como si me estuviera enseñando las alacenas de su casa paterna, los juguetes viejos, las fotos de la niñez. Su vida, en definitiva. Y no tengo más remedio que agradecerle este acto de infinita confianza, tan valioso en alguien que, como él, parece haber elegido voluntariamente la condición de pintor secreto, conocido sólo de sus amigos y cómplices, de sus alumnos, de su círculo familiar y de este complejo "universo de pueblo" en el que parece sentirse a sus anchas.

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K. ya ha superado el mal paso. Vuelve a ser la que era, salta y corre, prefigura cacerías imaginarias en pos de una mano que agita una cortina o de una bola de papel que echamos a rodar ante ella. No imagina que, con sus gestos, nos absuelve. Tampoco sabría de qué.

4 comentarios:

Gonzalo («Darabuc») dijo...

Yo he disfrutado mucho esta lectura de Girondo, y hasta la voy paseando y regalando, cuando puedo. Tiene una frescura extraña, a pesar de que, a ratos, parece una película del destape, vista desde la relativamente tranquila libertad sexual del presente.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Ya hacía tiempo que no le veía por aquí, amigo Gonzalo. Efectivamente, las imágenes sexuales de Girondo destilan algo de esa ansiedad que se percibe en el cine "de destape" de los 70. Pero esa falta de disimulo contribuye a la impresión de frescura y novedad del conjunto.

Un saludo.

Gonzalo («Darabuc») dijo...

El otro día leí, medio representado, justo el poema del suicidio. Era ante un público rural no muy numeroso (cambiando algún argentinismo, porque la ocasión no daba, lógicamente, para diccionarios). Y la respuesta fue de entusiasmo, pese a que a mí me pareció que no le hice justicia al texto. Como una buena historia en una película regular, que sin embargo se impone. En las caras mandaban las sensaciones de sorpresa y, justamente, novedad. No pasa de anécdota, pero algo querrá decir. Hay textos de la vanguardia que han caído con el tiempo, pero otros siguen arrancando sorpresa, sonrisas y reflexiones, supongo que en parte por su apuesta decidida por dejar a la lengua que siga su curso y juegue consigo misma.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Ahora que lo dice, caigo en la cuenta de que Girondo es un poeta muy adecuado para ese tipo de actos, por su efectismo e inmediatez (no lo digo como demérito). Tomo nota, ya que yo también me veo a veces en esos trances. Y prometo contar aquí las reacciones.