viernes, febrero 01, 2008

CONDENAS

Quienes odiamos el ruido, y creemos que deberían tomarse medidas para evitar que éste nos atormente hasta lo indecible, podríamos pensar que algo se mueve últimamente a nuestro favor. No hace mucho, los tribunales daban la razón a un cuidadano de Barcelona que denunció a su incívico vecino por el ruido insoportable al que éste lo sometía; y ahora, de nuevo, un juez falla a favor de un vecino de El Puerto de Santa María que denunció a su ayuntamiento por la “pasividad” de éste ante los ruidos provocados por la concentración de motoristas que la ciudad acoge todos los años.

Podría pensarse, ya digo, que se avecinan malos tiempos para los ayuntamientos amigos de derrochar decibelios con el propósito de estimular la venta de cerveza y bocadillos, y para los vecinos desconsiderados, y para los médicos que nos someten a la tortura de soportar, en sus salas de espera, el “hilo musical” o algún vídeo promocional sobre los milagros de la cirugía o la ortodoncia… También, puestos a no olvidarnos de nadie, para los conductores de autobuses interurbanos de la Bahía de Cádiz, que someten a los viajeros más madrugadores a la tortura de aguantar la tertulia radiofónica matinal o los grandes éxitos musicales del momento. Se da la paradoja, en fin, de que, para escapar de estas agresiones sonoras, hay quien opta por aislarse en su propia burbuja de ruido. Y, así, no deja de asombrarnos el penoso espectáculo que ofrecen quienes, para eludir la barahúnda impuesta por otros, se encasquetan unos auriculares y suben el volumen de sus propios aparatos de música.
Noticias como las citadas al principio pueden hacernos concebir esperanzas de que, ya que las autoridades no hacen nada por acabar con estas situaciones, serán las iniciativas de los ciudadanos afectados, respaldadas por los tribunales, las que les pongan coto. Pero, a poco que se piense, nos damos cuenta de que más bien sucede lo contrario: que estas contadas victorias contra los ruidosos no hacen sino dar fe de lo prolongados y tediosos que son estos procesos; de lo poco que compensa una indemnización monetaria a quien se ha dejado la salud y la calma en el camino; de lo aislados que se habrán sentido los denunciantes en los largos años de litigio; y de lo mucho que queda por hacer. Llama la atención, por ejemplo, que la condena de El Puerto sólo concierna a hechos sucedidos en 2005, año al que se refiere la denuncia; lo que significa que, mientras este animoso denunciante litigaba contra su ayuntamiento, hubo de soportar que esos hechos se reprodujeran sin el más mínimo recato en el 2006 y el 2007… ¿Habrá interpuesto otras denuncias? ¿Tendrá paciencia y recursos para pasarse la vida litigando? ¿Llevará a los tribunales también a los conductores de autobuses y a los mediquillos aficionados al “hilo musical”? No le arriendo la ganancia.
Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

3 comentarios:

Morgenrot dijo...

El origen del problema está en nuestra cultura y educación.
Me molesta tremendamente esos ruidos a los que te refieres y conozco pueblos de Cádiz, p.e Conil, en lo que he llegado a merearme en su centro porque las "motos me pasaban por la cabeza".

Vivo en una ciudad grande y sin embargo me llamó la atención el caso de Conil.

De los paises de Europa que he visitado, comparo los latinos (Gracia, Italia, Portugal, España) con otras culturas, pe. Alemania y Austria y siento que vivo en España por equivocación.

Seré pesimista, pero no tenemos remedio.

Anónimo dijo...

Los de Madrid tenemos ganas de denunciar a la Comunidad o al Ayuntamiento por imponer a los viajeros la televisión en el Metro, no solo por su elevadísimo volumen, insoportable muchas veces para el estrés acumulado durante los viajes en las horas punta, sino además por abrumarnos de noticias y tendencias políticas en esas inmensas pantallas a las que es difícil escapar. Da una sensación en blanco y negro de control de masas de las películas futuristas antiguas.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Sí, las autoridades son parte del problema, y no una vía para su solución.