viernes, febrero 08, 2008

LOS DE LA PARADA

Lo mismo podrían tener treinta años que cincuenta. Aunque quizá lo más apropiado fuera decir que la clientela de este bar junto a la parada de autobuses es intemporal. Se siente uno tentado de tildarlos de supervivientes de algo: de los tópicos y expectativas de la Transición (aunque quizá no sean lo suficientemente viejos), de la heroína (aunque quizá, después de todo, tampoco hayan llegado demasiado lejos en sus garbeos por el wild side), de las reconversiones industriales (aunque quizá no hayan trabajado nunca). También podría uno atribuir el recelo que causan a una cierta atmósfera general de ilicitud, aunque lo más posible es que no hayan cometido más que alguna que otra infracción de poca monta.

El caso es que están ahí: con sus pelambres desgreñadas, sus atavíos imposibles (sandalias con calcetines, pantalones de chándal, jerseys descatalogados bajo los que asoman los faldones de una camisa...), sus rostros invariablemente huidizos y atravesados. Dan más miedo que lástima. O al revés, depende. Y ambos sentimientos son, me temo, del todo infundados. Parece bastarles su dieta exclusiva de cerveza y cigarrillos. Practican una sociabilidad confianzuda y ruidosa. Tienen su lugar, que nadie les disputa. Y cuando el autobús deja a la puerta del bar su carga de ciudadanos respetables, abrumados de deberes y responsabilidades, ellos se asoman a la puerta y miran sin ver, como si, en ese momentáneo enjambre de vidas más o menos ordenadas y satisfechas, no alcanzaran a encontrar nada ni nadie en lo que merezca la pena fijarse. Ni siquiera los bolsos de las mujeres, por más que alguna, en cuanto sale del autobús, aprieta el suyo bajo el brazo y sale pitando, como si alguno de esos merodeadores se lo fuera a quitar.

Pero no tiene de qué preocuparse: si se le cayera al suelo, alguno se agacharía a recogerlo y se lo tendería ceremoniosamente. Porque también tienen un cierto sentido antiguo de la cortesía, que aflora a veces en inesperadas deferencias y atenciones. Lo justo sería entonces, para devolverlas, anunciar a voz en grito que uno paga la siguiente ronda... Pero a ver quién se atreve.

3 comentarios:

Juan Antonio, el.profe dijo...

Al leer tu artículo he recordado algún que otro año de mi vida en el que, por motivos de trabajo, pasaba las tardes de los viernes y los domingos entre autobuses y estaciones. Eso fue hace ya hace dieciocho años, y el retrato que planteas de los bares junto a las paradas sigue siendo igualmente válido: escenas fuera del tiempo, como sus habitantes, que parecen haber perdido ya demasiados autobuses como para recordar adónde dirigen sus vidas. O que esperan, en su rincón de la barra, que alguna señal (que nunca llega) les indique el camino. Así, de alguna manera, nos hemos sentido todos,alguna vez.

Ciudadano dijo...

Me los imagino enseguida porque estoy harto de verlos. Son gente de nuestras ciudades, de nuestros barrios, que no han tenido tanta suerte como nosotros en oportunidades de estudio, o de una familia acogedora, o que han tenido algún bache en su vida. Merecen toda la ayuda que podamos darle, no sólo la ayuda "moral", sino dedicarles el tiempo que creemos que es nuestro, por la vía de ONGs, o como fuere.

Manuel dijo...

Una vez dije en este mismo blog que con un simple "Buenos días" la gente se ablanda, y es cierto. Esos desgreñados, congelados en los últimos años de los ochenta, ex amantes del papel aluminio y seres de nerviosismo artificial no son en absoluto peligrosos. En todo caso cuando tienen el mono (si es que lo padecen). Ahora mismo se me pasan por la cabeza algunos colectivos sociales mucho más violentos.
para terminar, pienso que efectivamente le delvolverían el bolso a la señora. Aunque luego se la comiese con la vista.