viernes, febrero 15, 2008

MORFOTIPOS

La verdad es que las conclusiones alcanzadas por el famoso estudio antropométrico del ministerio de Sanidad no sorprenden a nadie. Ya sabíamos que hay tres clases de mujeres, según su aspecto físico. La única novedad estriba en las metáforas utilizadas para describirlas: “cilindro”, para las que en la calle se llaman lisas o sin forma; “diábolo”, para las que antes se decía que tenían talle de avispa; “campana”, para las que también han sido poco galantemente comparadas a una pera. Tales “morfotipos”, dicen, habrán de ser tenidos en cuenta para la elaboración de un futuro sistema de tallas, que se adivina complejo. No hemos adelantado mucho, aunque sí se ha dado proyección pública, como en tantas ocasiones, a una buena intención ministerial: la de ahorrar a muchas españolas una humillación a la hora de elegir una prenda de vestir; y la de preservarles la autoestima, amenazada cada vez que alguna empieza a sospechar que es su persona, y no la prenda, la que está mal hecha. No ocurre sólo con las mujeres: también yo paso verdaderos apuros cada vez que voy a comprarme una chaqueta y constato que las que corresponden a mi anchura de hombros suelen tener mangas que me cubren las manos y faldones que casi me llegan a las rodillas.

No sé si el ministerio de Sanidad tendrá pensado hacer un estudio antropométrico sobre los hombres, que confirme igualmente lo que ya sospechábamos: que también nuestro sexo se divide en tres categorías, grosso modo: los que tienen porte de estaca, derechos y estirados; los que se asemejan, de perfil, a una “b” minúscula, por la barriguita; y los que, vistos con la necesaria perspectiva, emulan la portentosa silueta de una garrafa.

Adelantaríamos mucho si esta apreciación subjetiva se viese confirmada por los resultados de un estudio. Pero es posible que también, como las mujeres, nos sintiéramos un tanto ofendidos. Fastidia un poco que nos clasifiquen como si fuéramos ganado. Fastidia un poco, también, que detrás de esa clasificación aparezca la sombra del mismo ministerio que hace unos meses arremetía contra la posibilidad de comer hamburguesas extragrandes o calificó el vino de “bebida peligrosa”. Empieza uno a tener complejo, no ya sólo de vaca cebada según los criterios del dueño del corral, sino también de ejemplar al que le han asignado un comedero de determinada medida. ¿No hubiera sido mejor dejar este asunto en manos de fabricantes y consumidores? Pero quizá la culpa sea también de ellos (es decir, de nosotros), por esperar que todo nos venga regulado por el Estado. Hasta nuestros “morfotipos”.

Curiosa palabreja, por cierto, que habrá que aprender a utilizar incluso en los piropos. “Me encanta tu morfotipo, cariño”, terminaremos por decir a quien, con los años, haya adquirido a nuestro lado una admirable silueta de pera…, perdón, de campana.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

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