domingo, febrero 24, 2008

NAUFRAGIOS

A este gato lo han "operado" (valga el eufemismo) a los once años; es decir, a una edad que, en términos gatunos, roza la senectud. Al parecer, sus dueños se acaban de mudar de casa y el nuevo entorno abunda en gatos, lo que ha traído no sé qué promesas tardías de alegre promiscuidad al hasta entonces morigerado varón, que ha empezado a comportarse como un gato joven, a maullar melancólicamente y a mearse por los rincones, para hacer valer sus derechos territoriales... No se lo han consentido, claro. Ahora el ex viejo verde nos mira con sus ojillos anestesiados desde la puertezuela de su transportín. Nos hemos cruzado con él en el vestíbulo de la tienda de animales, a la que hemos venido a comprar comida para K. Tomo nota del castigo que merecen ciertas expansiones tardías. Y salgo corriendo de allí, con el rabo entre las piernas.

***

Al salir de la ciudad el viernes por la noche nos adelanta un convoy formado por un coche de policía y tres lujosos coches oscuros, dos de los cuales (el primero y el tercero) llevan en el techo esas luces giratorias portátiles con las que nos familiarizaron los telefilmes de Starsky y Hutch. Escoltan, claro está, al de en medio, tras cuyos cristales tintados debe de ocultarse algún personaje importante; seguramente, algún político en campaña... No soy amigo de los análisis simplistas ni de la demagogia. Está claro que ciertos altos cargos requieren, en sus desplazamientos, determinadas medidas de seguridad. Pero no puedo evitar experimentar una reacción de antipatía ante lo que me parece un despliegue obsceno de poder, de arrogancia, incluso de despilfarro. El convoy se pierde rápidamente de vista, mientras que el resto de los automovilistas quedamos atrapado en el consabido atasco de fin de semana, que esta presencia anómala no ha hecho sino agravar.

***

Y un hermoso título, que viene a servir una fantasía largamente acariciada por M.A. y que ahora parece concretarse: El horticultor autosuficiente, de John Seymour. Cuántas horas de nuestro tiempo futuro se regirán, a partir de ahora, por las previsiones y disposiciones de este manual que, se me antoja, hubiese debido figurar en los arcones que Robinson Crusoe salvó de su naufragio.

2 comentarios:

Antonio Rivero Taravillo dijo...

A la vejez, viruelas. Por cierto, que no estoy de acuerdo con la opinión de nuestro común amigo Ignacio F. Garmendia en la reseña de La suerte de Jim, hoy en el periódico. Por más vueltas que le doy, no se me ocurre mejor traducción para Lucky Jim.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

No he visto todavía esa reseña. La verdad es que el título fue lo más difícil de traducir. La suerte de Jim nos pareció, a mí y a los editores, lo más económico y apropiado, una vez descartada la idea de dejar el título original.