miércoles, febrero 06, 2008

SÍNTOMAS

Ante los persistentes síntomas de un catarro insidioso, que parece anunciar gripe, formula uno diariamente, y casi hora a hora, el voto de resistir hasta finalizar una más de las muchas tareas pendientes. Se engaña uno con la sensación de que, con esos aplazamientos parciales, arrancados de no se sabe qué diosecillo maléfico y caprichoso, uno va descartando otras tantas ocasiones de rendirse a la enfermedad. Como coadyuvantes, se encomienda uno a las virtudes de la vitamina C (mandarinas, naranjas), mejunjes balsámicos (miel con limón, caramelos) y los poderes mágicos de la homeopatía... Y así vamos cubriendo, trabajosamente, las diversas etapas de esta carrera hacia ninguna parte que mantenemos día a día, como si los compromisos que tenemos asignados fueran en verdad inaplazables o irrevocables, y la simple y cómoda decisión de quedarse en casa y meterse en la cama, que es lo que tendríamos que hacer, supusiese una imperdonable dejación de responsabilidades.

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Los comentarios de Coppola sobrepuestos a la edición de las tres partes de El Padrino en deuvedé; especialmente, los de la tercera: toda una confesión, aparentemente sincera, de la insatisfacción y la sensación de fracaso que acometen incluso al artista que ha cosechado los mayores triunfos y reconocimientos concebibles. Tal vez Coppola sea un redomado farsante, y sus lamentos no sean más que el disfraz de una vanidad inconmensurable. Pero el tono mesurado y reflexivo en el que están formulados, y su coherencia, abundan a favor de su sinceridad. En el arte, los logros concretos están siempre muy por debajo de las propias expectativas, y nunca son suficientes. E igual de fracasado se siente un artista (si lo es, si no es un mero oportunista con suerte) que haya alcanzado los mayores éxitos, que uno que no ha conseguido el más mínimo reconocimiento. Porque el juez que otorga el veredicto definitivo, el que de veras vale, está dentro de uno, y está siempre de mal humor, y lleva la cuenta de mil agravios lejanos, y no se deja engañar ni con palmaditas en la espalda (que nunca faltan) ni con grandes ovaciones (cuando las hay).

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La televisión acude a mi lugar de trabajo para filmar un "perfil" de mi humilde persona y sus obligaciones... Me sitúan en la acera del paseo marítimo y me filman caminando de espaldas, con el mar al fondo, o apoyado en la balaustrada, con la mirada perdida en la lejanía. Y luego, sentado en un pupitre, leyendo un libro (a propósito, escojo una antología de Jaime Gil de Biedma, con una visible foto en blanco y negro del poeta en la portada). Imposible resultar "natural" en estas poses y actitudes. Aunque es muy posible que lo que uno consideraría "natural" no tenga nada que ver con lo que se espera de uno, con los gestos y actitudes que se le suponen a alguien como yo. No es culpa de nadie: la televisión sólo sirve para exhibir monstruos de feria, y la única manera razonable de aparecer en ella es asumiendo alguna clase de comportamiento monstruoso, o amanerado, o escandaloso. Por ejemplo, haciendo cosas tan extrañas como pasear frente al mar a media mañana, o leer libros, mientras la gente decente trabaja...

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