miércoles, febrero 13, 2008

VIENTOS

A veces, un demonio me susurra al oído que obtendría grandes beneficios con sólo aprender a callar ciertas cosas. Y supongo que la sola conciencia de este hecho, y los interesados cálculos que implica, resultan envilecedores. Pero el remedio está hecho de la misma medicina: mi incapacidad para callar oportunamente, para disimular lo que pienso, para deslizar un elogio a tiempo. No hay mayor mérito en ello: se es así, y basta.

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En Vida y destino, de Vasili Grossman, leo unas dolorosas páginas sobre las prevenciones que toman los personajes cuando se expresan en público, por temor a que sus palabras lleguen a oído de los agentes estalinistas. En el mismo libro, leo otras páginas igualmente terribles sobre el nazismo. Ambos totalitarismos están captados con lucidez y con un mismo sentimiento de horror moral. Lo que supongo que se le escapaba a Grossman es el efecto que estas páginas, publicadas póstumamente, tendrían en el lector de hoy. El universo enrarecido del nazismo sigue mereciendo nuestro absoluto rechazo, tanto más cuanto que, al haber sido sus fechorías expuestas a la luz, ninguna disculpa o eufemismo puede aminorarlas. Nuestras sensaciones ante el estalinismo, en cambio, son de un carácter distinto: el horror que sentimos ante el mismo incluye una nota de reconocimiento. En otras palabras: constatamos que en el estalinismo hay algo que forma parte también del aire enrarecido que se respira en nuestras imperfectas democracias. La corrección política, el adanismo social, la adulación pública y privada que muchas personas de renombre hacen de los poderosos, la glorificación de la voluntad de la mayoría, la utilización de tópicos étnicos, nacionales, de clase, sexuales, etc. para compartimentar la opinión pública y domeñar el pensamiento libre..., todo eso, que el estalinismo convirtió en eficacísimas armas de control político, está también presente en nuestro medio social y dificulta enormemente nuestra capacidad de respuesta ante las imposiciones que nos llegan del poder, disfrazadas de presuntos beneficios. El desconfiado Tocqueville ya intuyó algo de eso en su libro pionero sobre la democracia americana. Pero lo peor es la presencia de este aire envenenado en la vida diaria, su utilización por algunos para escalar puestos, y la facilidad con que el discurso interesado de unos pocos cala en grupos más amplios, que se convierten, sin saberlo siquiera, en sus agentes y propagandistas.

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Hay dos clases de viento: el que limpia la atmósfera, el que revuelve la suciedad hasta hacerla inseparable del aire que respiramos.

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