martes, marzo 25, 2008

AZCONA

La democracia, como decía Abraham Lincoln, es seguramente el menos malo de todos los malos sistemas de gobierno. Pero quizá lo peor que tiene (por inevitable) es el espectáculo que ofrecen quienes se autopostulan para ocupar un cargo. Para todo hay que servir. No sé, habría que verse en el caso. Pero creo que ni la visión de una multitud enfervorecida aclamándome al pie de mi balcón bastaría para convencerme de que "me debo a mi país", como suele decirse. Mucho menos, la llamada de un poderoso. Dicen que Fritz Lang salió huyendo de la Alemania nazi cuando le ofrecieron dirigir la cinematografía del régimen. Quizá eso sería lo más digno cuando a uno le ofrecen un cargo. En fin.

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Afirma Trapiello en La manía, la última entrega de sus diarios, que ninguna de las grandes editoriales españolas aceptaría editar El Quijote si Cervantes viniera a ofrecerles el manuscrito. Y creo que tiene razón. Pero, ojo: a ver si va uno a creer que cada una de las obras que le rechazan las editoriales (y me aplico el cuento) es un Quijote en potencia. Descubrir las pifias del mecanismo editorial no otorga patente de genio incomprendido. Y cuántas veces la soberbia se disfraza de lucidez.

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Azcona. Todavía anda por ahí, entre papeles sin archivar, la tarjeta que le firmó a mi hija, el día que lo entrevisté, no hace aún un año, en la Feria del Libro de Cádiz. Entonces me admiró su inteligencia, su humor, su prestancia, más propia de un hombre de cincuenta años que de uno que pasaba ya de los ochenta. Ese día, recuerdo, estaba yo más cansado que él, y eso que yo sólo tenía encima una jornada de trabajo, y él varias horas de aeropuerto, vuelo y coche, que suelen ser más agotadoras que el propio trabajo. Ahora se me ocurre que quizá ya entonces se le había declarado la enfermedad que se lo ha llevado a la tumba, y que lo disimulaba admirablemente. Bebimos una copa de oloroso antes del almuerzo, del que él, como quien sabe graduar sus fuerzas, sólo tomó los entremeses: algunas gollerías locales, una especie de tartaleta de foie y no sé qué más. Luego se fue al hotel, a descansar y a recibir a la prensa. Yo fui a tomar una ducha apresurada, con el tiempo justo para no llegar tarde al evento. Me lo puso fácil: cualquier entrada mía le daba pie para explayarse sobre lo divino y lo humano, y brillantemente, durante muchos minutos. No agoté mi cuestionario, ni mucho menos. Y volví a casa con la sensación de que no me había limitado a cumplir un compromiso literario más, sino que había conocido a uno de los grandes hombres de mi tiempo. Se lo dije a mi hija, que acababa de obtener su autógrafo y es una gran admiradora de Con faldas y a lo loco: "Guárdalo. Es como si hubieras conocido al mismísimo Billy Wilder". Y no sé si se lo creyó.

2 comentarios:

Mery dijo...

Ya no me extraña nada entrar aquí y sentirme como en casa , leyendo tus ideas encadenadas. Si yo viera a una multitud al pié de mi balcón, me faltaría tiempo para poner alas a mis pies y partir hacia otros mundos.Y vaya faena si me pusieran en ese trance.

De soberbios psedo-lúcidos también voy entendiendo. La que se siente incomprendida soy yo, que no logro quitármelos de encima por tener un mínimo de educación y poca valentía para encararlos.
En cuanto a Azcona, mas razón que un santo. Casi siempre las personalidades de verdadera enjundia te muestran su grandeza con la mayor sencillez, y su brillo deslumbra por sí solo. Tuviste mucha suerte de conocerlo.
Un saludo,
Mery

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Cuánta razón -lección de modestia que aplicarnos todos- en lo del Quijote, la genialidad y los rechazos de las editoriales..