lunes, marzo 17, 2008

CONSUELOS

Cuando, por algún motivo, es necesario cerrar la puerta de la habitación en la que se encuentran sus cuencos de comida y agua, K. se muestra inquieta, aunque esté recién comida y pueda suponérsele ahíta. Husmea con gesto preocupado la puerta cerrada, pega el hocico a la junta, tantea el obstáculo y, al cabo, maúlla en un tono en el que se mezclan perfectamente el desconsuelo y la protesta. Cuando le abrimos la puerta se dirige rápidamente a sus cuencos, bebe un sorbo de agua, mastica ruidosamente su pienso. Y luego se vuelve, satisfecha de haber podido constatar que, pese a la crisis pasajera, los grandes referentes en los que fía su supervivencia siguen intactos. Qué humanos me parecen esos desesperos, esos desconciertos, esa ufanía tan inmotivada como los sentimientos de angustia que la precedieron.


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Ayer, después de terminar de ver América, América, me acuerdo, no sin motivo, de M. También él, como el protagonista de la película de Elia Kazan, llegó a España huyendo de la miseria y la incertidumbre. Como era menor, no lo pudieron repatriar, e incluso tuvieron que escolarizarlo. En pocos meses se reveló como el alumno más dotado y aplicado de su clase, además del más educado. Y hace poco me enteré de que, para evitar que lo repatriasen al cumplir la mayoría de edad, ha tenido que dejar los estudios y aceptar un empleo. Después de todo, ha tenido suerte de haberlo encontrado.

No soy muy aficionado, en fin, a sacar conclusiones apresuradas, y mucho menos a sentimentalizar. Pero el caso de M. me parece significativo. Su fuerza de voluntad, su capacidad de iniciativa, su inteligencia práctica le serán mucho más útiles en la vida que toda nuestra conmiseración. Esas mismas voluntad, iniciativa e inteligencia de las que tan llamativamente carecen (o prescinden, que es peor) la mayoría de sus compañeros de escuela. Y entiendo bien el sentimiento que llevó a un conocido poeta a escribir este verso, referido a otros inmigrantes, en otra época: "Que la ciudad les pertenezca un día".

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Por cierto, cuánto debe la segunda parte de El Padrino a esta película de Kazan. Las escenas en Ellis Island, por supuesto; pero también la manera de retratar, al comienzo, la tierra ancestral de los antepasados (en este caso, el interior de Anatolia), áspera y violenta, sí, pero también herida por una luz que es la de la idealización y la nostalgia.

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Más sobre K.: cuando se le niega algún capricho (encaramarse a la mesa del almuerzo, por ejemplo), acude resignadamente a su comedero. Para consolarse.

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