viernes, marzo 14, 2008

EL SALERO

El Ministerio de Sanidad, leo, se ha propuesto que quienes se ven obligados a comer frecuentemente fuera de casa encuentren menús sanos y razonables en los restaurantes. Que, además de las consabidas frituras y carnes grasientas, haya oferta de ensaladas, verduras y pescado. Y que exista la posibilidad de tomar fruta fresca en vez de los indigestos postres dulces. No dicen nada las autoridades de la copita de coñac u orujo con que intentamos favorecer la digestión de esos azúcares y grasas, pero es de suponer que, en consonancia con el menú, será sustituida por una infusión de menta-poleo. Me parece bien, tanto por lo que respecta a la salud de los trabajadores como por lo concerniente a la calidad del trabajo que se realiza después de las comidas. Cuántos expedientes no se habrán resuelto mal porque quien los tramitaba lo hacía en medio de una digestión dificultosa. Cuántos clavos no habrán entrado torcidos porque quien los clavaba no disponía de la necesaria firmeza de pulso para sostenerlos.

Tengo la suerte de comer la mayoría de los días en mi casa. Por eso mismo, cuando algún compromiso laboral me obliga a hacerlo fuera, suelo incurrir en los errores e indecisiones de los no iniciados. Y como me deprimen los menús cuarteleros y me estragan el estómago las frituras y grasas, las más de las veces me conformo con comer un par de tapas, por tal de procurarme la ficticia impresión de que, en medio de una dura jornada doble, la hora de la comida me sirve para gratificarme y divertirme.

No seré, por tanto, de los que se acojan sin más a las benéficas disposiciones ministeriales. Además, algo me dice que, después de quebrar nuestra voluntad de hartazgo al mediodía, las autoridades sacarán a relucir esa espada de Damocles llamada “horario europeo”. Porque en cuanto se constate que nos habituamos a las ensaladas y los filetes de pescado, la siguiente medida será la que proclamará que, para comer eso, basta con una hora de descanso. Cerraremos las oficinas a las dos de la tarde y a las tres estaremos de vuelta en ellas; con el estómago ligero, sí, pero con el ánimo de un galeote atado a su remo.

Y luego están los detalles. Leo que una de las disposiciones que habrán de cumplir los restaurantes que se acojan a esta regulación será la de no poner el salero al alcance de los comensales. Ya se sabe que el abuso de la sal es malo. Pero privar a la gente de la posibilidad de sazonar a su gusto las comidas me parece ya el colmo del paternalismo. Como somos incorregibles, en fin, habrá quien traiga el salero de casa, en el bolsillo, como los que llevan el licor en una petaca y lo añaden al refresco que piden en la discoteca.

Sólo que lo de la sal no lo haremos para ahorrarnos unos euros, sino para hacernos la ilusión de que aún conservamos el control sobre un aspecto de nuestras vidas.


Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

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