domingo, marzo 02, 2008

IF YOU GET LOST

K. se encarama a la pila de leña y mira con ansia el borde de la tapia que separa nuestro patio del vecino, donde pían los pájaros. Creo que he llegado a tiempo de impedir que salte; lo que nos hubiera puesto, a ella y a nosotros, en una situación complicada, ya que la casa de al lado permanece casi siempre deshabitada. Yo mismo habría tenido que saltar la tapia (y allanar, por tanto, la propiedad del vecino) para rescatar a la gata. La saco del patio, entre maullidos de protesta, rebajo la altura de la pila de leña, me aseguro de que una mezcla tan peligrosa de circunstancias no se pueda volver a repetir. Mientras, al otro lado de la tapia, tentadores, siguen piando los pájaros.

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Para pasar el rato durante este prolongado puente festivo, hemos estado filmando un corto. Lo mejor, la sensación de estar embarcados en un juego perfectamente serio. Sin seriedad (eso lo saben bien los niños) un juego no es nada. Contábamos con un guión bien estructurado, un plan de rodaje tan razonable como exigente (para cumplirlo, el segundo día terminamos a las dos de la madrugada), y el mínimo grado de desfachatez necesario para llevar a cabo en público todo el tejemaneje que exige una empresa de este tipo. Ignoro cómo habrá salido. Pero ayer al mediodía, después de filmar las últimas escenas, nos mirábamos como si hubiésemos culminado una elaborada travesura. Todos menos C., la más joven (y, por tanto, la más capacitada para tomarse estas cosas absolutamente en serio): empezamos asignándole la claqueta, y al final llevó el control de lo filmado con absoluta escrupulosidad, sin perderse en esa especie de desorden organizado en que consiste el cine... Para culminar la jornada, sugerí que viésemos Ed Wood en familia. Pero hay una diferencia. La historia de este desastroso director de cine, tal como la cuenta Tim Burton, es menos festiva que trágica. Y la lección que se desprende de la película es más aplicable, ay, a las ilusiones y decepciones aparejadas a la creación en general (y a la literaria en particular), que al divertido juego de disfraces en que pueden terminar convirtiéndose estas cosas en cuanto uno deja de tomárselas demasiado en serio. (No le he contado a C. que, cada vez que veo esta película, una poco confesable ansiedad me oprime el pecho.)

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¿Habrán llegado a su destino esos dos excursionistas que nos encontramos el viernes cuando volvíamos de Casa Fardela? Nada más vernos, extendieron un mapa ante nosotros. Les indicamos dónde se encontraban: mucho más perdidos, en fin, de lo que suponían. Querían llegar a Grazalema. Les aconsejamos que bajen a Benaocaz y vuelvan por el Santo del Cabrero, que es un camino mucho más sencillo y seguro. Pero ellos tienen ideas propias. Pretenden orientarse por El Reloj, la cima más alta de estos contornos, y desde allí bajar al pueblo. Al final, cuando reemprenden su camino, les grito: If you get lost, call 112! No sé si me han entendido. Del valle sube una ominosa bruma, que amenaza con convertir el campo abierto en un limbo sin referencias.

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