jueves, marzo 13, 2008

LAS NIEVES DE ANTAÑO

Leo, en Vida y destino, las páginas que Grossman dedica a la contraofensiva soviética en Stalingrado. A estas alturas de la novela, nadie duda del propósito del autor de desenmascarar la grotesca mascarada estalinista. Pero aquí se impone el reportero de guerra, y una genuina admiración ante la complejidad y grandiosidad de la operación militar acaba ganando al lector. Experimento la misma emoción que cuando, de niño, veía películas como Objetivo Birmania o Destino: Tokio. No me engaño, ni, en caso de que fuera propenso a hacerlo, la lucidez de Grossman me lo permitiría. Pero la artillería abre una brecha, el comandante de la columna de tanques demora el ataque, luego se lanza contra las posiciones enemigas... Y el comisario político, que vigila de cerca al comandante, desliza una insidiosa acusación al mando...

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Esa mugre de los edificios públicos. Por limpios que estén a primera vista, surge de los recovecos en cuanto uno mueve un tablero o tantea debajo de una mesa. La descubro esta mañana al pasar el dedo por unos rieles, para colgar unos paneles, en el lugar donde trabajo. Una mugre que es tedio concentrado, desidia, disimulo. Paso un papel y lo que tenía apariencia ligera, de floración musgosa, se concentra en negras bolitas opacas que caen a mis pies por su propio peso. Nieve sucia. Les neiges d'antan, que son también les neiges d'aujourd'hui.

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Otra vez el 27. Miro las caras de los poetas más conocidos de dicho grupo, repartidas en dieciocho paneles. Un panteón. Con algo, dicho sea de paso, de politburó, de comité central de la poesía española del siglo XX.

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