domingo, abril 06, 2008

APACHES

Siempre que viajo en Talgo relaciono este medio de transporte con los tiempos de Felipe González, cuando se inauguró la primera línea de AVE. Los talgos quedaron asimilados al nuevo invento, del que copiaron colores y diseño; y así quienes viajábamos desde provincias a las que no llegaba el tren ultrarápido nos hacíamos la ilusión de compartir esa modernidad apabullante. Nada ha cambiado desde entonces: seguramente, lo que los ferroviarios llaman "material rodante" ha sido renovado, pero uno tiene la impresión de que, varios lustros después, sigue viajando en aquellos mismos trenes, sólo que más viejos y deslucidos, y casi siempre atestados, ya que en este intervalo RENFE ha suprimido otros servicios y trayectos. Y eso es lo deprimente, en fin: la impresión de que uno ha envejecido con esos trenes; y que ni ellos ni yo somos mejores por eso.


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El taxista, como es preceptivo, lleva un teléfono "manos libres" en su vehículo. Lo llama su mujer. "Estoy de servicio", dice él, como para advertirla. Ella se da por enterada, pero decide entregar su mensaje de todos modos. Que han denunciado a no sé quién por asuntos de la comunidad de vecinos. "Bueno", dice él. Y que ha comprado las zapatillas de la niña, e ido al supermercado. Él va asintiendo con monosílabos, imagino que cohibido por el hecho de que haya tres extraños en el taxi ,oyendo esa conversación familiar. "¿A qué hora vuelves hoy?", dice ella. "Dentro de un rato", responde el taxista, como dando a entender que éste es el último servicio del día. "Ven pronto", dice ella, "te he preparado una ensalada de marisquito...". Y añade: "Te quiero". "Y yo a ti", dice el cariacontecido taxista, al que vagamente envidiamos todos.

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Y estamos ya tomando la primera cerveza, cuando veo asomar por la esquina un grupo de caras conocidas. Poetas locales. Por separado, no los habría reconocido: entre mis muchos defectos se cuenta el de ser un pésimo fisonomista. Pero así, agrupadas, lo vagamente familiar de unos se alía con lo vagamente familiar de otros, y el conjunto acaba imponiéndose a mi desmemoria. Ellos se me quedan mirando, y yo a ellos, pero nadie se decide a saludar primero. Pasan junto a nuestra mesa y se sientan a mi espalda. Los oigo cuchichear, y alcanzo a distinguir en sus palabras el nombre de cierto "encuentro poético" que hacen en esta ciudad por estas fechas, y del que hemos visto carteles por la calle. Uno no ha asistido nunca a un "encuentro poético", así que no sabe de qué se trata ni qué se hace en ellos. Me imagino que no son más que un pretexto para que los poetas sin fama puedan codearse con los más conocidos. Tal vez especulan con que yo haya venido aquí con motivo de ese "encuentro". Y me entran ganas de levantarme y aclarar el malentendido. He venido a otra cosa, les diría. Pero me puede la cortedad, y abandono la terraza sin mirar atrás, no vaya a pasarme lo que a la mujer de Lot.

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No tenían ese vino que J.M. tenía tanto interés en que probáramos. Pero, ya acabada la botella que nos han servido en su lugar, el sumiller nos dice que en el otro local que posee esa empresa quedaba una botella del mencionado caldo, y que la ha hecho traer. Así que la bebemos, mientras J.M. pondera sus virtudes. La comida cuesta aproximadamente el triple de lo que hubiera costado en cualquiera de las magníficas tabernas y mesones que hay en esta misma calle. Pero es el precio, imagino, de dar carta de naturaleza a este afán sobrevenido de exquisitez enológica. Mal recompensado, de todos modos: al día siguiente, los tres tenemos dolor de cabeza, imagino que por haber mezclado vinos no del todo bien avenidos.

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Libros de viejo. Ya antes de llegar a mi cazadero habitual en esta ciudad, me cobro una pieza en un lugar bastante inesperado: una especie de tómbola benéfica ante la que pasamos. Me acerco directamente al estante de los libros y me salta a la vista Sevilla en los labios, de Romero Murube. "¿Ya?", me dice M.A., extrañada de que apenas haya tardado un minuto en resolver mi compra.

En la librería propiamente dicha compro un libro de poemas de un conocido, atendiendo a ese principio bíblico que dice que las obras de misericordia que uno haga por unos le serán devueltas por otros; y una antología de artículos, cuentos y dibujos del primer Mihura, el anterior a la guerra civil. Eso también hubiera valido para justificar el viaje, como mi presunta asistencia al "encuentro". Pero no, venimos a otra cosa.

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Viendo bailar ritmos modernos a unos militares de uniforme, en el convite de bodas al que hemos asistido, siento una inesperada nostalgia de esos bailes de oficiales que salen en las películas de John Ford, y que quedaban súbitamente interrumpidos cuando un jinete cubierto de polvo se adentraba en el salón y comunicaba al comandante en jefe que los apaches habían atacado la patrulla de exploradores.

Sólo que éstos de aquí no sé yo cómo se las habrían con los apaches...

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Placer inmenso estar leyendo estos textos que palian el insoportable insomnio; mañana, o sea ahora -a las siete- espero acordarme de trenes, taxis, terrazas, vinos, poetas, librerias de viejo, Mihura, y del gran John Ford: a ver si entonces pienso lo mismo; quiza haya merecido la pena no dormir para toparme en la columna de humo con toda esta dicha. Mario

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Me alegra haberle aligerado un poco el insomnio. Sé de lo que habla.