martes, abril 29, 2008

CHIQUILÍN

Para distraer esta larga faringitis que no termina de curarse, estoy leyendo Oliver Twist (y no digo releyendo porque las versiones más o menos adaptadas que leí en mi lejana infancia apenas hacen justicia al original: inconvenientes de dar por leídas ciertas cosas prematuramente). Y ayer me puse la película que sobre esta novela hizo Frank Lloyd en 1922, con el niño Jackie Coogan como protagonista y Lon Chaney en el papel de Fagin. Asombra la fidelidad que esta versión muda mantiene respecto al original: Dickens, parece decirnos esta película, es más cuestión de atmósfera y de fisonomías que de palabras. Entre esas fisonomías, la del simpático Jackie Coogan, el niño que coprotagonizó The Kid, de Charlie Chaplin. En los "extras" del DVD se habla de la extraordinaria popularidad de la que disfrutó ese actor-niño, con cuya efigie se publicitaron y vendieron infinidad de productos: desde muñecos hasta tebeos, pasando por todo tipo de chucherías. Y me entero de que las populares galletas "Chiquilín", que aún se fabrican (aunque la marca es ahora propiedad de una multinacional), deben su nombre al apodo con el que este actor era conocido en España. Estas galletas mantienen el mismo aspecto desde 1927: ese inconfundible aire de época que tiene su diseño, basado en la mera tipografía de la palabra "Chiquilín" y de otras especificaciones de la marca. Me agrada el dato, que alimenta (nunca mejor dicho) mi natural inclinación a cierto tipo de novelería. Y me causa alguna melancolía constatar que seguramente muy poca gente está al corriente del mismo, y que probablemente el propio Coogan, en sus años peores, cuando su fama declinaba, no era consciente de que en la hambrienta España de posguerra los niños le hacían fiestas a esta sobria galleta que llevaba su nombre.

***

Dickens hubiese estado de acuerdo con Santo Tomás: el mal no es una cantidad positiva, sino mera ausencia de bondad. Los personajes de Dickens son todos, a su manera, encantadores. Pero ese encanto no va más allá del limitado círculo de afectos e intereses en que se mueven, en que nos movemos todos. Para lo que queda fuera de ese círculo no tienen más que indiferencia e inadvertencia. Y qué devastadores son los efectos de ese mero abstenerse, de ese declinar toda responsabilidad.

***

Malo y todo, de vez en cuando agarro el teléfono y trato de encauzar la deriva de mis asuntos. Vivimos de la vana ilusión de creernos imprescindibles. Y lo somos, vaya, a efectos limitados. Un escalón más arriba o más abajo, y todo lo que hacemos resulta absolutamente irrelevante. Y tal vez se trate de eso: de que nadie se entere.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

El mono del anís El Mono, ya sabes, es nada menos que Darwin, de quien se mofaban en tiempos (y ahora). RM

Antonio Serrano Cueto dijo...

Tú lo has dicho: "Para lo que queda fuera de ese círculo no tienen más que indiferencia e inadvertencia." Y esta forma de aislar (y despreciar) a los que no forman parte del círculo es una manifestación de suprema ignorancia. Mirarse el ombligo cada día en regocijo con los cuatro amigos es una manera muy pobre de encarar la vida.
Saludos. (¿Has visitado ya mi blog?. Hace tiempo que te puse un enlace).

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Querido Antonio: Entro en los blogs de mis contertulios al menos cada vez que recibo un comentario de ellos, para ver en qué andan, y de vez en cuando repaso los enlaces de mi lista de "blogs invitados", en la que incluiré el tuyo en cuanto tenga un ratito para retocar la plantilla. Bienvenido a este mundillo y enhorabuena por tu blog.

Mery dijo...

No tenía ni idea del asunto de las galletas Chiquilín. Por cierto ¿habéis notado su aroma? No hay ninguna otra que huela igual. Una delicia.
Por otro lado decirte que el mundo de Dickens es realmente especial. Quizá nadie como él para colmarnos de imágenes, con sus descripciones, sobre los diferentes submundos cohabitando en la misma sociedad. Los pillos, los maleantes, la opulencia y el cinismo.
Nada mas, que disfrutes de tu faringitis.