martes, abril 08, 2008

DE VUELTA

Es curioso que un viaje tan corto haya deparado tantas anécdotas; y más, cuando uno lo emprendió cansado y un poco a desgana. Ante el predicamento del que gozan los viajes, casi se siente uno culpable de que le gusten tan poco. Aunque tampoco sabría decir exactamente qué es lo que me disgusta de ellos. El tedio de los desplazamientos, quizá; o el desmesurado protagonismo que adquieren cosas que, en circunstancias normales, no ocupan todo el día nuestra mente: dónde comer, cómo organizarse el día, qué ver, dónde echar una siesta... Luego me alegro de haber vencido todos esos reparos y haber estado aquí y allá. Pero me cuesta.

Y ahora me acuerdo de lo que pasó en el trayecto de regreso. En la entrada de anteayer hablaba de los talgos. Esos trenes se han acanallado un tanto en el último cuarto de siglo; por lo mismo que no han experimentado ninguna mejora, ni en prestaciones ni en comodidades. Antes, viajaba uno en talgo y se sentía todo un hombre de mundo. El tiempo y la desaparición de otros trenes más modestos (los venerables "expresos", por ejemplo; o esos "rápidos" que, para hacer irrisión de su nombre, empleaban catorce horas en llegar de Cádiz a Madrid) han hecho que la clientela de estos últimos, la soldadesca, los hippies, los viejos que iban a pasar un fin de semana con los nietos, no tengan más remedio que viajar en talgo, que siempre les sale más barato que el avión. Y de eso iba lleno ese talgo: de gente que viajaba por motivos familiares, de militares, de gamberros.

A este último grupo pertenecían los cuatro que teníamos delante, ocupando esos asientos que se dan la cara en un extremo del vagón. Eran dos parejas de gitanos, veinteañeros. Iban echados, doblados como alcayatas, con la cabeza y parte del torso contra los respaldos de sus respectivos asientos y el resto del cuerpo haciendo puente entre éstos y los de enfrente, en los que tenían apoyadas las piernas. No veía uno el beneficio de mantener postura tan forzada: no parecía cómoda, desde luego. Quizá su único fin era causar irritación al resto de los viajeros. Pensando esto, me acordé de que, en el viaje de ida, el viernes por la tarde, nos tocaron a nosotros esos mismos asientos enfrentados. Y cómo estaba muy cansado y me dolían las piernas, de haber estado de pie toda la mañana, hice un amago de estirarlas, y para ello descansé los talones en el asiento de enfrente; con tan mala suerte que en ese momento se abrió la puerta y un revisor me llamó la atención. Estuve a punto de replicarle que yo había pagado mi billete como todo el mundo, y que me tendrían que haber avisado de que iban a darme ese asiento y no uno de los normales, que cuentan con un pequeño reposapiés que permite aliviar un poco el peso de las piernas... Pero M.A. me dirigió una de esas miradas que significan: "Mejor no te sofoques inútilmente, que luego estas cosas te estropean el día". Pues bien: ante estos cuatro pasaron media docena de empleados de RENFE, incluyendo el guardia de seguridad, y ninguno se atrevió a llamarles la atención, como habían hecho conmigo dos días antes.

Lo de menos, en todo caso, era la postura. Una de las muchachas hacía sonar a todo volumen las melodías que tenía almacenadas en su teléfono móvil. Los otros, para no ser menos, de vez en cuando se arrancaban a rumbear con esas voces de falsete que suelen tener los "flamenquitos" demasiado jóvenes. Entre cante y cante, uno de los chicos entremetía la pierna en los entresijos de la novia, que tenía delante, y le decía toda clase de obscenidades. De vez en cuando, se ponía en pie y le plantaba el bulto en la cara, y le decía: "Joder, tía, me estoy poniendo caliente", y cosas por el estilo. En una de esas declaró que le apetecía dar unas caladitas, y se metió con el otro chico en el cuarto de aseo, de donde salieron unos diez minutos después, visiblemente más contentos, aunque no por ello más aplacados. Por lo que decían, adivinamos que se bajaban en Sevilla, lo que nos hizo concebir esperanzas de que al menos una parte del viaje la haríamos tranquilos. Hasta ese bendito momento, en fin, durarían los cantes, el soniquete del móvil, las obscenidades, los refregones. En todo esto, en fin, hubo un par de detalles que me conmovieron. El primero: que uno de ellos, que entendí que era de Teruel, declaró que no había visto el mar hasta cumplir los diecisiete. No sé si esperaba verlo en Sevilla. El otro fue que, pese a que los cuatro iban relativamente bien vestidos, maqueados, a la moderna, en una de las ocasiones en que la del móvil se enderezó, puede que para evitar una contractura generalizada de todas sus cervicales, vi que los tirantes traseros de su "tanga", que asomaba por encima de la cintura de sus vaqueros, estaban increíblemente gastados, y que la prenda no era más que un harapo. Y eso, no sé por qué, me dio pena en una chica tan moderna, tan desinhibida, tan pronta a disfrutar lo que se adivinaba que iba a ser una semana de locura en la Feria.

Pero ahora viene el colofón. En cuanto la megafonía anunció que habíamos llegado a Sevilla y los cuatro se bajaron, una niña de unos tres años, que viajaba un poco más atrás, y que hasta entonces debía de haberse sentido cohibida ante aquella caterva escandalosa, reunió valor para llegar correteando hasta ese extremo del pasillo. Lo hizo de ese modo gracioso, trastabillante, que tienen los niños pequeños que todavía no controlan muy bien su propio equilibrio. Y fue entonces cuando dos hombres mayores, muy estirados, que viajaban en nuestra misma fila, al otro lado del pasillo, y habían soportado estoicamente el escándalo de los gitanos, expresaron en voz alta su protesta ante aquella insignificante algarabía infantil. Fue M.A. la que protestó entonces, ante lo que debió de parecerle una tremenda injusticia y un acto de cobardía. Y fui yo, en esta ocasión, la que la miré con gesto de decirle: "Déjalo, no merece la pena que te estropees el día por esto".

2 comentarios:

conde-duque dijo...

Odio especialmente la musiquita de los móviles. A esos cuatro los veo yo mucho por aquí, en el metro.
Qué paciencia hay que tener...
(Me gustan las crónicas de viajes. Quiero más: las ciudades, las gentes...)
Un abrazo, J.M.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Me alegro de que le gusten estas crónicas, quizá un poco largas. Si no las prodigo más es porque... casi no voy a ninguna parte. Ya veo que conoce a los cuatro de los que hablo. Quien se cruza con ellos no los olvida.
Un abrazo,
JMjeianiz