sábado, abril 26, 2008

EMBARAZADA

Asombra la falta de naturalidad con que reaccionamos ante determinadas cosas. No hay más que ver lo que se ha dicho y escrito a propósito del nombramiento de una mujer embarazada como ministra de defensa, y ante la imagen (insólita, eso sí) de esa mujer pasando revista a un destacamento militar. Los comentarios podrían dividirse en dos clases: los babosos y los groseros, según vengan de la escuela biempensante o de su exacto reverso, la de los carcas de mostrador. Parecía que ni unos ni otros habían visto nunca una mujer embarazada. En la esfera íntima y familiar esta circunstancia se sobrelleva con una mezcla de humor, voluntad y resignación. Las propias mujeres hacen chistes sobre su estado, sobre la inesperada falta de familiaridad que experimentan con su volumen, sus formas, su sentido del equilibrio, su modo de andar y repartir el peso corporal. Embarazadas, como no podía ser menos, las hay de todo tipo: guapas y feas, elegantes y desgarbadas, animosas y asustadizas. Pero todas desprenden una indudable dignidad y suelen suscitar, entre quienes las tratan, un sentimiento más o menos espontáneo de respeto y deferencia, dirigido tanto a sus personas como a la insoslayable realidad biológica que representan.

La ministra, en esto, es una mujer como cualquier otra. Acudió al desfile de marras con esa voluntariosa dignidad de la que hacen gala otras muchas mujeres cuando saben que el mero hecho de lucir el vientre abultado las convierte en blanco de miradas indiscretas y en objeto de especulaciones más o menos impertinentes. En otro tiempo, esa curiosidad insana tenía un origen pacato: se aludía al embarazo siempre con eufemismos, por el mismo motivo por el que las familias de los tebeos no tenían hijos, sino sobrinos. Porque la maternidad era la prueba más evidente de un hecho que se pretendía ocultar o disimular: que las personas somos seres sexuados y actuamos en consecuencia. Ahora hay quienes incurren en la hipocresía contraria. Y llama la atención que también estos últimos hayan querido darle una importancia desmesurada a la imagen que motiva estas líneas.

No hay para tanto: una mujer con su barriga de embarazada, con esa expresión característica que se les pone a las mujeres en ese estado, con los andares propios. Pero con la inteligencia y la capacidad de decisión intactas. Su estampa de embarazada no le resta un ápice de dignidad, pero tampoco la absuelve anticipadamente de los errores en que pueda incurrir a lo largo de su mandato. Han querido hacer de ella un símbolo o un objeto de escarnio. Y no es ni una cosa ni otra, sino simplemente una mujer de la que, en cuestión de semanas, sólo hablaremos en función de lo acertado o erróneo de su gestión. Sólo que, por entonces, la objetividad de muchos habrá quedado irremediablemente en entredicho por esta tonta polémica.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

2 comentarios:

Mery dijo...

Es cansino en grado máximo esos dimes y diretes en torno a la ministra, que si no debería haber ído, que si hace ostentación de su barriga, que si, que si...
Dejémosla que cumpla con su cometido y ya veremos.
Así que, de acuerdo con tu escrito.

creditos dijo...

El embarazo de la ministra.
Soy una mujer de 38 años, madre de dos hijos de 2 años y medio y 1 año, directora comercial de una empresa privada desde hace unos años.

Mis dos embarazos coincidieron con enormes picos de trabajo en mi sector, incluso con mi último hijo trabajé hasta el mismo día de dar a luz y viaje hasta el 8 mes, eso si en aviones comerciales y no en aviones del Ejército con salita y asientos de avión privado, ni tampoco viajé con médicos por si se me ocurría parir en medio de mis viajes....

Señores que lo que hace la señora ministra está a la orden del día en la sociedad en la que vivimos y a nadie le hacen un homenaje.