lunes, abril 07, 2008

EN LA LIBRERÍA

Y una historia que me dejé ayer en el tintero: la de esa mujer que entró como una tromba en la librería de viejo, donde sólo estábamos la dependienta y yo, y le pidió a ésta "algún libro del moro ese que escribe cosas filosóficas". Bueno, no recuerdo ahora si dijo moro, o indio, o qué. El caso es que la dependienta la entendió perfectamente: "Sí, Khalil Gibran. Tengo el libro que necesitas", le dijo, como si captara que aquella cliente no sólo buscaba un libro, sino algo de complicidad. Yo seguía a lo mío, subido a un taburete más bien inestable y trasteando en los estantes más altos, que es donde uno imagina siempre que el librero ha escondido sus mejores tesoros. Mientras, entreoía a las dos mujeres. La librera ponderaba las virtudes del librito en cuestión. "Son como cuentos", decía, "te van a encantar". La otra respondió que no eran para ella, sino para un hombre que la esperaba fuera, en una de las terrazas de la Corredera... "Me ha pedido en matrimonio, y no sé qué decirle. Tengo cuarenta y tres años y nunca he estado ni casada ni comprometida". Por el tono en el que dijo esto, terminé de entender que estaba muy borracha, y que todo el ímpetu con el que había entrado en la librería y su modo de hablar, un poco arrastrado, se debían a ese hecho incontrovertible, y no a lo que pensé al principio: a esos restos de desfachatez y mala educación que los epígonos de la generación "progre" consideran una seña de identidad. Aunque algo de eso había. Mientras la dependienta trasteaba tras el mostrador, en busca de un bolígrafo, la recién llegada se dirigió a mí: "¿Y tú? ¿Compras algo o no haces más que mirar?" Uno tendría que haber aprendido ya a responder a esta clase de preguntas. Pero no. Titubeando, acerté a decirle, como disculpándome, que ya había elegido algunos libros, que pensaba llevarme. En esto la librera anunció que ya había encontrado el boli. La interfecta -así se decía en los tebeos, parodiando el lenguaje forense- se acercó al mostrador y preguntó: "¿Qué pongo?". Comprendí que se refería a la dedicatoria. "No sé", dijo la dependienta, en su tono de confidencialidad, "¿significa mucho para ti?". "No. Digo, sí, sí, le quiero mucho". "Pues ponle eso". La otra pareció pensárselo. "Es uno de esos hombres que lo dejan todo un día y se suben a un tren. Eso es lo que ha hecho. Por eso está aquí". No sé si lo decía en tono de temor, como quien intuye que algún día el tipo se subirá a otro tren y la dejará también a ella, o en tono de admiración por el carácter aventurero de su pretendiente y los azares que lo han traído hasta ella. Adivino que el novio es también, como ella, un vástago del 68; sólo que no epigonal, sino de los que estuvieron en el meollo; o al menos, actúan como si así hubiera sido.

Cuando la mujer sale de la tienda, le pregunto a la dependienta, buscando yo también un poco de confidencialidad: "¿La conocías?". "Es la primera vez que la veo", me dice, encogiéndose de hombros.

Pago mi compra y busco a M. A. en la plaza. Y todavía no he terminado de contarle la anécdota cuando oigo, procedente de una de las terrazas, una voz: "Eh, tú, ¿qué has comprado?". Le enseño el libro de Mihura. "Ah, Mihura", dice. Y el del poeta conocido mío. "Sí, sí, yo también lo conozco". Por timidez, apenas miro al hombre que tiene al lado. Mucho mayor que ella, sí. Alto, delgado, con el pelo blanco, con pinta de tipo pasado de rosca que está ya de vuelta de todo. Más sereno que ella, en todo caso: si, como sospecho, la borrachera de ella viene de la noche anterior, el tipo, que sin duda la ha acompañado todo ese tiempo, debe de tener un aguante admirable. Me despido de ellos y me siento en una mesa situada en el punto más alejado de la misma terraza, no vaya a ser que estas amistades inopinadas quieran prolongarse más de lo debido. Sin dejar de sentir, en fin, una cierta melancolía ante el espectáculo de esa sociabilidad expansiva, basada en un juicio errado de la vida y del prójimo, y esos débitos de época tan mal digeridos y que tan bien comprendo.

2 comentarios:

Mery dijo...

Madre mia, qué mala educación destilan esos personajes esperpénticos que tan bien y tan graciosamente has descrito aquí.

Lo de sentarte a cien leguas de los intefectos es mas que comprensible, so peligro de encontrarte con un nuevo "eh, tu, qué te has pedido de beber", seguido de "eh, tu, quién es esa rubia que está contigo".

Un saludo.
Mery

Mr Quaker dijo...

…ya, pero algo hemos perdido en una España cada vez más suiza, en que se ha olvidado cómo dialogar con los desconocidos que se cruzan en nuestra vida. Cervantes, en nuestra época hubiera acabado escribiendo a lo Raymond Carver. ¡Bravo por la viñeta!