jueves, abril 17, 2008

O SE SUICIDAN

El azar que lleva de unos libros a otros me trae, después de la lectura de Vida y destino, la monumental novela antiestalinista de Vasili Grossman, el no menos impresionante Rusia y sus imperios, de Jean Meyer. Venía en uno de esos sacos de libros que de vez en cuando le dan a M.A., para sus tareas de reseñista. "Esto te puede interesar", me dice. Y tendría que haber dicho: "Esto terminará interesándote, lo sé, en cuanto se dé la coyuntura adecuada". Es uno de los efectos que esperamos del mero hecho de guardar ciertos libros que no destinamos a la lectura inmediata: algún día, lo sabemos, reclamarán sus derechos; y entonces los abriremos asombrados, y nos preguntaremos qué estábamos esperando para leerlos.

El de Meyer no ha tenido que esperar tanto: después del testimonio literario de Grossman, esta documentada exposición de la sucesión de horrores en que ha consistido la historia de la Rusia soviética no hace sino avivar en mí el sentimiento de indignación. El propio autor no consigue reprimir la suya, por contraproducente que ésta pueda ser para su pretendida y necesaria ecuanimidad de historiador. Pero de vez en cuando se le nota abrumado por las cifras y la siniestra concatenación de los acontecimientos, y deja sus estadísticas a un lado y dice: "El resto es historia conocida, no nos detendremos en ella". Y lo imagina uno como si pasara de largo junto a una pila de cadáveres y tuviera el humanísimo gesto de taparse los ojos; no por cobardía, sino de puro horror.

"La muerte de un hombre es una tragedia; la de millones, una estadística", decía Stalin. Esa lógica se aplicó en Rusia desde los inicios mismos de la revolución, y todavía inficiona algunos rasgos de su política. Cínicamente, alguien podría preguntar: ¿Y a ti que te va en estas cuestiones? La respuesta es sencilla: diariamente trato con gente que gustosamente estaría dispuesta a suscribir estos horrores, por tal de reafirmarse en sus convicciones ideológicas; y tengo la sospecha, además, de que ciertos rasgos preocupantes del devenir contemporáneo son versiones más o menos diluidas de este horror esencial. El discurso biempensante, por ejemplo, del que difícilmente se puede discrepar sin que se le tache a uno de retrógrado. O la clase de cosas que constantemente se nos sugiere que podríamos hacer para contar con la benevolencia del grupo, del aparato, de la nomenclatura, del partido.

Acabo de leer el capítulo dedicado a la política cultural del estalinismo. Qué familiar me resulta esa "Unión de escritores", entregada en cuerpo y alma a alabar al dictador y denunciar las desviaciones ideológicas de los colegas. Qué familiar la figura de Gorki cuando renuncia definitivamente a contar lo que ve y acepta convertirse en corifeo de Stalin. Qué próximas esas obras oportunistas, ideológicamente "correctas", con las que algunos que fueron críticos intentaron luego reconquistar el favor oficial. He ahí una peculiaridad de la literatura: mientras que en otros oficios y circunstancias no cabe más que someterse u oponerse, y eso decide la suerte de la persona, entre los escritores abundan las trayectorias fluctuantes. Por suerte, no todas lo son en el mismo sentido: también se han dado casos de propagandistas acérrimos que, en un momento dado, experiementan el horror de sí mismos.

Y entonces una de dos: o se hacen fusilar, o se suicidan, lo que viene a ser una misma cosa.

1 comentario:

loganfugado dijo...

Lo políticamente correcto se ha convertido, especialmente en Andalucía, en una sibilina muestra más del pensamiento único imperante. El diálogo, la polémica, la controversia, están mal vistos si uno se salen de los cánones preestablecidos.
Brillante entrada.