miércoles, abril 30, 2008

PIRATAS

Leo que el flamante académico Javier Marías se muestra en desacuerdo con que se supriman del diccionario aquellas acepciones consideradas hoy políticamente incorrectas. Que “mujer pública” no sea el equivalente femenino de “hombre público”, argumenta, no es culpa del diccionario. Éste no hace más que consignar los usos del lenguaje, y cumpliría mal su función si incurriera en criterios de oportunidad política para eliminar algunos. Quienes piden que así se haga, además, parecen dudar de que el lenguaje y, de paso, la sociedad que lo habla, sean capaces de cambiar. Lo que casa mal, por cierto, con las posiciones ideológicas desde las que se suelen hacer estas imputaciones. Hace cincuenta años, una madre de familia podía confiarle a su vecina que el petimetre al que saludaban todas las tardes en la escalera venía a “hacerle el amor” a su hija: la vecina no dudaría de que el chico en cuestión venía a requebrar a la muchacha, y quizá a traerle flores... Algo bien distinto de lo que ahora implica “hacer el amor”. No es descartable, en fin, que, con el tiempo, nadie se acuerde tampoco de lo que la expresión “mujer pública” llegó a significar. Eso sí: el diccionario tendrá que seguir consignándolo, para evitar que los muchos textos que han usado ese ignominioso término se nos vuelvan incomprensibles.

Pero, igual que algunas palabras son capaces de cambiar de significado, y hasta de redimirse, las hay que resucitan. “Pirata”, por ejemplo: casi no podíamos imaginar que, a principios del siglo XXI, esa palabra pudiera referirse a otra cosa que a quienes manipulan fraudulentamente ordenadores ajenos o hacen copias ilegales de programas y películas. Por eso no ha dejado de sorprenderme que la prensa nacional no haya dudado en llamar así a los secuestradores de un pesquero español en las costas de Somalia. Ellos mismos, los piratas, parecían orgullosos de serlo: no exigieron otra cosa que dinero, y eso es lo que han conseguido, a cambio de no darnos el tostón con las monsergas ideológicas, nacionalistas o religiosas con que suelen obsequiarnos otros bandidos sin tanto pundonor profesional. Y quizá lo único que han echado de menos es que, antes de ceder a sus peticiones, no hayamos intentado seguirles un poco el juego. Que no hayamos hecho siquiera el amago de abordarlos de noche, puñal en boca, y encerrarlos en la sentina de un barco de la Armada, antes de colgarlos a todos del palo mayor… Les hemos decepcionado.

Ahora que ya sabemos que el suceso ha terminado bien, podemos decirlo: hemos salido ganando. Unos centenares de miles de euros no son nada a cambio de insuflar un poco de vida a una vieja palabra degradada. La realidad, ya lo sé, es más cruda. Pero también lo es para las “mujeres públicas”, y ahí están Pretty Woman o Moll Flanders, que también son historias con final feliz.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

3 comentarios:

Mery dijo...

Hablando de piratas: hace muuuuuchos años, en una de sus exposiciones en el Congreso de los Diputados, Fraga Iribarne llamó a sus señorías "panda de filibusteros". Todos quedaron perplejos y molestos, pues intuían que les había insultado; ninguno sabía que les había llamado, literalmente, PIRATAS.

TOMÁS dijo...

En el XIX, bajo la fiebre de los comparatistas, surgió una corriente de estudios filológicos denominada "palabras y cosas" (la nominación en alemás es arduo compleja).Pretendía establecer la historias de las palabras y de los objetos a los que mencionaban. como casi todo en ese siglo era una utopía, aunque nos dejaron ejemplos muy curiosos que después fueron recogidos por Corominas o lapesa en sus Diccionarios. Creo que Marías venía a referirse a esa discordia que sufren las palabras y los conceptos a los que se refieren, una tarea que ya Platón dejó marcada como la tarea de la filosofía. Un saludo.
http://tropicodelamancha.blogspot.com

Juan Antonio, el.profe dijo...

Con esto del lenguaje y la corrección política siempre pasa lo mismo: lees muchos artículos y siempre los mismos ejemplos: hombre/mujer públicos (as); zorros(as) o cojonudo/coñado (donde el matiz positivo o negativo lo da el sufijo, no el lexema, dicho sea de paso). Hay más, por supuesto, pero estos son los recurrentes. Y uno piensa que si en tantos siglos de "machismo lingüístico" no se ponen más ejemplos es, o porque quien ejemplifica no sabe más, o porque la lengua no es, en definitiva, tan machista como se quiere hacer ver. Y con todo esto pasará como con lo de "hacer el amor", como bien apuntas: cuando la mentalidad de la ciudadanía cambie, el lenguaje se transformará. El camino inverso parace mucho menos realista. Saludos.