jueves, abril 10, 2008

POESÍA DE LA EXPERIENCIA

No sé por qué, pienso en ciertas veleidades de la llamada poesía de la experiencia al leer estas líneas de Mihura: ...esto de las novias no lo digo por presumir. Todo lo que yo digo es absolutamente falso.

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Hacía meses que no lo intentaba. Pero ayer vio la ocasión propicia: mi hija se demoró más de la cuenta en despedir a una amiga, y K. salió corriendo y enfiló las escaleras como alma que lleva el diablo, o como si le hubieran puesto delante un ratón, el primero de su vida. Y yo, que no había querido asomarme para que aquella muchachita desconocida no me viera en zapatillas, hube de salir corriendo en pos de la gata. Llegué a la planta baja, sin encontrarla, e incluso bajé hasta la puerta del garaje, sin resultado. Entonces la oímos maullar desconsoladamente, a la puerta del vecino del primer piso; es decir, en lo más parecido que encontró a nuestra propia puerta, una vez perdidas las coordenadas... El corazón le palpitaba con fuerza. Pero lo más curioso es que, cuando la volvimos a dejar en el suelo, ya en nuestro piso, agitó el rabo de ese modo característico que indica enfado en los gatos: hacia un lado, dando golpecitos insistentes contra el suelo. Estaba ofendida, como una adolescente tonta. Se creía que le habíamos cerrado la puerta en las narices. Y no acertaba a perdonárnoslo.

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Eso fue ayer. Y hoy, como para contradecir una frase que leo en los diarios de A.T., en la que éste afirma que es inútil ponerles nombre a los gatos, porque no acuden cuando se les llama, la llamo en voz alta y me contesta con un maullido; y luego viene al trote, se encarama en mis rodillas y allí se queda, ronroneando, mientras yo termino la lectura y empiezo a darle vueltas a la reseña que he de escribir. Si uno fuera un crítico puntilloso, en fin, ya tendría algo que reprocharle a A.T.: que los gatos que él trata no se portan igual que los que uno frecuenta.

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Ha sido, bien mirado, el único rato de tranquilidad del día. Por la mañana hubo que devanar tres tramas complicadas: la de un paquete que no llega, pese a que hemos dado ya tres veces el aviso a la mensajería; la de las pruebas que me entregaron ayer, que están mal maquetadas, lo que hace imposible su corrección, porque hay cosas que no se pueden prever hasta que el texto esté más o menos encajado; la de una súbita invitación a un encuentro profesional en Córdoba, que debo aceptar o rechazar sobre la marcha... Me acuerdo de una película en la que un tipo iba por la calle hablando por el teléfono móvil y fingiendo, ante sus interlocutores, que despachaba sus asuntos desde una oficina como es debido. Un asesino se fija en él, y le apunta con un fusil desde una ventana, amenazándolo con matarlo si se mueve. Y toda la película consiste en la angustia de ese hombre que no puede explicar a nadie el peligro que le acecha, y que, al mismo tiempo, tampoco puede evitar llamar la atención por su extraño comportamiento. Yo tampoco puedo explicarle a nadie cómo, en menos de media hora, he hipotecado las tardes de las próximas tres semanas; es decir: que también me siento como si alguien, de pronto, me hubiese hecho saber que me apunta con un arma, y que bailaré a su son mientras él quiera.

3 comentarios:

Capador de Turleque dijo...

La pelicula es de Joel Schumacher se titula "Phone booth" aqui en España "Última llamada" no era un movil, era una cabina telefónica que es peor todavia.

Mery dijo...

La vida misma, con sus caprichos de ída y vuelta, es decir, vapuleando nuestros destinos, al menos intentándolo.
A veces uno no sabe decir que no, o no puede. Para eso la gata nos dá lecciones de independiencia: cuando quiero me enfado, cuando quiero acudo a las rodillas de mi amo.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Hombre, amigo de Turleque, hacía ya tiempo que no se dejaba usted caer por estas páginas. Sí, recuerdo que era una cabina, pero, antes de eso, ¿no se paseaba el tipo por Broadway hablando por teléfono móvil? Gracias por la aclaración.

En cuanto a lo de la gata, está claro que tiene uno mucho que aprender de ella.