domingo, abril 20, 2008

TE QUIERO

Si yo fuera uno de esos ejecutivos que se pasan la vida en el “puente aéreo”, a lo mejor veía las cosas de otro modo. Pero a quienes viajamos en avión de higos a brevas, la verdad, hasta nos haría ilusión que ese día nos sonara el teléfono móvil y pudiéramos decirle al que llama: “Ya ves, me pillas sobrevolando los Montes de Toledo”, o “No sé, chico, no te oigo bien. Debemos de estar atravesando una turbulencia”. Ganaría uno mucho prestigio entre sus amistades. Y, sobre todo, se sentiría más acompañado, después de haber sido escaneado, cacheado y despojado de sus zapatos, su cinturón y su dignidad en uno de esos controles de acceso que pitan si quien los atraviesa lleva encima un solo gramo de metal. Lo contaría uno al momento y se desahogaría. Y es que se siente uno muy solo cuando viaja en avión, y por eso pienso que la medida de autorizar en ellos los teléfonos móviles redundará en una sensación generalizada de alivio, de renacida fe en los resortes sentimentales que nos mantienen vivos.

Claro que también puede pasar, incluso a quienes viajamos poco, que nos toque alguno de esos pelmazos que ya conocemos de trenes y autobuses. En un reciente trayecto Córdoba-Cádiz, por ejemplo, recuerdo a una que durante el viaje telefoneó a todos los parientes a quienes iba a visitar. A todos tenía algo que reprocharles, y se ve que no podía esperar a verlos. Hablaba mientras daba grandes zancadas por el pasillo del tren, gesticulando y llenando los oídos de todos los pasajeros con una voz bisbiseante y redicha, de la que era imposible sustraerse. Dejamos nuestros quehaceres, nuestros libros y revistas, nuestros crucigramas, ante la imposibilidad de leer una línea o resolver un autodefinido mientras esa voz nos llenase los oídos. Y hasta empecé a preocuparme por esa mujer: ante la inminencia de lo que se les venía encima, era muy posible que sus parientes se hubieran conjurado para lincharla en la misma estación, antes de permitirle que irrumpiera en sus vidas.

Claro que también podríamos asistir a una conversación como la que oí en un taxi no hace mucho: el conductor, que usaba un teléfono “manos libres”, recibió una llamada de su mujer. “Estoy de servicio”, respondió, como advirtiéndole que había testigos. Pero ella, impertérrita, desgranó unos cuantos asuntos domésticos y terminó preguntando: “¿Vuelves pronto?”. “Me queda media hora”, dijo el taxista. “Bueno, aquí te espero. Te he hecho una ensaladita de marisco…”. Cohibido por nuestra presencia, el otro no dijo nada. “Te quiero”, concluyó la voz. “Y yo a ti”, dijo el taxista, cariacontecido. Estuvimos a punto de aplaudir. Y es que, a veces, estos inesperados atisbos de la intimidad ajena llegan a hacernos sentir que el mundo, después de todo, no es un lugar tan malo como parece.

Lo que es muy conveniente no olvidar cuando se viaja.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

1 comentario:

Antonio Serrano Cueto dijo...

Yo preferiría viajes en avión sin móviles. El móvil puede ser un artefacto muy siniestro en el avión. Si viajas en coche o tren y recibes una maldita noticia que requiere tu presencia inmediata, al menos tienes cierto margen de maniobra. En un boing en mitad del Atlántico sólo te queda asistir al preámbulo de tu propio infarto, después de haber recorrido varias decenas de veces el pasillo.
En cuanto a las impertinencias de los móviles, en otro blog he contado lo que me ocurrió hace poco en un claustro universitario. Guardábamos un minuto de silencio por el fallecimiento del un compañero y sonó, como sintonía de un móvil, "La cucaracha". Imagina la situación.