martes, abril 01, 2008

UN CALDITO

Tenemos una hora para almorzar, y vamos a tiro hecho a cierto figón pulcro y arregladito que yo me sé, y que publicitaba en su cartelón exterior algunos de esos platos populares a los que yo no les hago ascos precisamente. Pero, cuando entramos en el comedor, nos recibe la pantalla inmensa de uno de esos televisores panorámicos con sonido envolvente, de cuyo influjo nadie puede escapar. Volvemos sobre nuestros propios pasos, ante las narices ofendidas del camarero y de la que debe de ser la dueña, que oficia desde detrás del fogón. Debería uno haberle dicho que se iba de allí porque no soporta comer con ruido; pero eso hubiera sido ponérselo muy fácil: había allí dos largas mesas ocupadas por quienes debían de ser miembros del muy respetable gremio de la construcción, a los que el estruendo no parecía molestarles lo más mínimo. Y entonces dice M.A.: "¿Por qué no vamos al marroquí de la plaza X.? No está muy lejos, y siempre podrán ponernos una pastela, o un pinchito...". Allí vamos. Pero lo que nos recibe, en un salón que tiene un aire al Peinador de la Reina de la Alhambra, es una atronadora música moruna. Salimos de nuevo, dejando atrás a un nuevo camarero ofendido. Nos queda apenas media hora. Y entramos en un apacible bar donde lo único que desentona es la conversación que mantienen media docena de oficinistas muy viajados, que hacen atinados comentarios sobre la sociedad... uruguaya, que deben de conocer muy bien, y hablan de los glaciares de la Patagonia como si los saludasen todos los días camino del trabajo. Devoramos un revuelto y una ración de albóndigas y salimos escopetados al trabajo, donde es muy probable que nos dé una congestión (de hecho, mientras tecleo estas líneas, empiezo a notar los primeros síntomas de una especie de movimiento de tropas al sur de mi diafragma, en lo que debe de ser, en mi geografía íntima, el equivalente a una de esas regiones de Afganistán controladas por los talibanes).

La próxima vez, pienso, haré cola en uno de esos conventos donde dan la sopa boba a los pobres. Un caldito y unas honradas legumbres, en un ambiente de recogimiento. Y no esta mundanidad desbocada que, encima, a algunos parece encantarles.

2 comentarios:

Mery dijo...

Si, cuántas veces quisiera ser uno aquel Beatus Ille....y disfrutar de "qué descansada vida la que huye del mundanal ruido".
Espero que a estas alturas los contingentes de la ONU hayan reprimido la sublevación talibán de tu geografía.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Sí, fue una falsa alarma.