sábado, mayo 24, 2008

ARGEL

No es probable que, a la hora de enumerar a los grandes de la Edad de Oro del cine hollywoodense, se acuerde uno de John Cromwell. Sin embargo, entre su filmografía se encuentran algunos de los grandes éxitos del cine de esas décadas, y su obra se extiende desde los tiempos del cine mudo hasta los albores de los 60, cuando la industria empezaba a pasar página y esa bendita Edad de Oro quedaba definitivamente atrás. Es, pues, de esos directores que encarnan en sí mismos toda la historia del cine. La crítica lo considera un buen director de actores, lo que equivale a decir que no lo era tanto en los demás aspectos que contribuyen a redondear una buena película. Pero esta simplificación es injusta. Y basta ver sus películas con cierta atención para constatar que estamos ante uno de los cineastas más delicados y sensibles de su tiempo, y uno de los más conscientes de lo que se traía entre manos.

Seguramente su obra maestra es Argel (Algiers), de 1938, un remake del clásico de Julien Duvivier Pépé le Moko, del año anterior. Pero la de Cromwell supera ampliamente su modelo francés, y convierte sus materiales de drama policial con tintes románticos en una arrebatadora historia de personajes atrapados por las circunstancias y deseosos de superarlas y sublimarlas, aunque sea a través del amor, visto aquí como una fantasía sin objeto y, de un modo tangencial, una incitación preexistencialista a la suprema libertad, que es la muerte.

El protagonista, interpretado por Charles Boyer, es un conocido delincuente que vive atrapado en la casbah de Argel, donde la policía no puede detenerlo. A sus dominios llega Gaby (Hedy Lamarr), una turista de turbulento pasado que ha venido a Argel en compañía de su prometido, un millonario al que no ama. El ladrón enseguida se siente atraído por la viajera rica; en principio, por las llamativas joyas que ésta luce; pero, enseguida, por lo que ésta representa de recuerdo vivo de un París idealizado, que el delincuente trasterrado añora. Los diálogos amorosos que cruzan entre ambos figuran, sin duda, entre los más originales que ha deparado el cine norteamericano. En uno de ellos, Boyer compara a su amada con un tren del metro de París, que avanza entre tintineos, como la dama enjoyada. Se ve, en éste y otros diálogos, la mano del novelista James M. Cain, que colaboró en el guión. Véase, si no, este otro, en el que no podría decirse más con tan pocas palabras:

-¿Qué eras antes?
-¿Antes de qué?
-Antes de... las joyas.
-Las deseaba.

Lo curioso de estos diálogos es que, con toda su brillantez, parecen superpuestos a una trama que se entiende perfectamente sin ellos: pertenecen, por así decirlo, a un nivel de lectura distinto al de las propias imágenes. Y es que Argel, pese a que fue filmada cuando el cine sonoro había alcanzado ya sobradamente su madurez primera, conserva no pocos rasgos constructivos del cine mudo. La cámara persigue obsesivamente los detalles, hace que nos fijemos en la hora que marcan los relojes y en los zapatos, elegantes pero desgastados, que usa Pépé. Las imágenes no dudan en ilustrar los transportes imaginativos de los personajes: cuando el protagonista abandona la seguridad de la casbah, leemos primero en su cara, y luego en las imágenes, que está viviendo la fantasía de haber vuelto a ese París soñado que representa su libertad. La fotografía de James Wong Howe es espléndida, y depara imágenes bellísimas, como cierto plano en el que vemos las piernas de varios policías subir unos escalones de la casbah, en los que está sentada una niña. La cámara se mueve por ese laberinto con una libertad casi increíble en una época en el que no se había inventado la dolly ni las lentes permitían el uso de la profundidad de campo. La escena en la que el protagonista enamorado canta una canción matinal, que se oye en toda la calle, está resuelta en un fastuoso plano secuencia que recorre una de las multitudes más abigarradas que hayamos visto nunca en una película de esos años: las calles de Casablanca, al lado de las de ésta, no son más que tristes decorados en los que han colocado a cuatro extras.

Terminé de verla ya entrada la madrugada. Repetí no pocas escenas (el diálogo del "metro", la canción, el final). Y me fui a la cama con la idea de haber estado, durante unas horas, en un mundo absolutamente autónomo y respirable, al que he hecho votos de volver.

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