miércoles, mayo 14, 2008

EN CORREOS

Como la cola se rige por un sistema de números, similar al empleado en la carnicería, tomo el mío del expendedor y me siento a esperar mi turno en las sillas habilitadas al efecto. Tedio, sensación de que, cuanto más organizada parece una dependencias burocrática, más largas son las esperas, más complicados los trámites (todavía hay quienes, al entrar, dan varias vueltas alrededor de la sala, hasta entender qué han de hacer para ser atendidos), más acusada la sensación de desamparo.

La pareja anciana junto a la que me siento parece haber sucumbido a esa sensación. Permanecen callados, tensos, atentos a la lenta progresión del mecanismo, sobresaltándose por los pitidos con los que éste anuncia que ha corrido un nuevo turno. No hablan entre ellos; no, al menos, hasta que la presencia de un extraño les autoriza a intercambiar esas frases de sainete que a veces pronuncian los ancianos para hacerse notar. "Estate atenta a los números", dice él, sin mirar a su compañera, "porque yo no los veo". Por el tono en que lo dice, se adivina que esta clase de quejas son su recurso favorito para asegurarse un dominio absoluto sobre la mujer. Ésta, como si no se diese por enterada, confía también al tendido un amplio recuento de las actividades que piensa llevar a cabo por la tarde. "Eso será", la interrumpe él, "si yo me encuentro bien. Porque ya sabes que yo muchas tardes no me encuentro bien". Eso zanja de momento la cuestión de los planes vespertinos. "Estás muy guapo con esa camisa", dice ella, como probando otra estrategia para ganarse la aquiescencia del viejo. "Es la que tú me regalaste por mi santo", responde éste, en ese inconfundible tono con el que los actores experimentados pronuncian las frases que el dramaturgo no ha sabido encajar con naturalidad en el diálogo, y que sólo están puestas allí para iluminar al público sobre tal o cual precedente de la acción.

El público soy yo, y creo que deben de sentirse aliviados cuando, a un toque de timbre -una especie de pedorreta abusiva, que también a mí me sobresalta-, me alejo de ellos para incorporarme a la ventanilla correspondiente. Y entonces caigo en que llevan allí más tiempo que yo , y que, en buena ley, deberían tener un número anterior al mío. Pero tal vez ni siquiera han sacado número. Tal vez han venido aquí simplemente para estar resguardados de la intemperie, fingir que tienen algo que hacer y representar su deprimente comedia conyugal ante el incauto de turno. Tal vez el ajetreo, las prisas, la tensión palpable de este lugar suponen para ellos otros tantos estímulos. Salgo de allí debilitado, como si también hubieran absorbido una parte de mis energías. Los miro por última vez, antes de perderme tras la puerta: los vampiros de Correos, ella y él. Y siento pena de una muchacha que acaba de entrar y, después de tirarle el corespondiente pellizco al expendedor de números, se dispone a ocupar el asiento que yo he dejado minutos antes.

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