domingo, mayo 25, 2008

ESPÁRRAGOS

Distinguir un espárrago verde de uno blanco: tal es una de las destrezas que adquirirían los alumnos de la hipotética asignatura “Educación alimentaria”, propuesta por el cocinero Ferrán Adriá y el cardiólogo Valentín Fuster, en lo que parece una involuntaria parodia de la ya existente Educación para la Ciudadanía. Proponer asignaturas nuevas, o, lo que es lo mismo, propugnar que todo, incluido lo que siempre hemos confiado a la experiencia, debe ser aprendido en la escuela, se ha convertido en una especie de vicio nacional. No hay gremio, asociación o grupo de presión que no haya insistido en que la materia que les compete ha de ser estudiada en los colegios. No duda uno de las razones que les asisten: sí, sería bonito que los niños aprendieran en el colegio a montar en bicicleta, a saborear un espárrago, a catar vinos, a hacer una media verónica o a solventar sus dudas existenciales; por no mencionar, en fin, lo interesante que sería que supieran bailar el baile regional de sus respectivas comunidades autónomas. Y no que perdieran el tiempo estudiando matemáticas o lenguas, que siempre pueden aprenderse con un profesor particular en las horas libres.

El caso es que, como no hay fenómeno social que no sea síntoma de algo, habría que preguntarse de qué lo es éste de inventar asignaturas. Tal vez sea simplemente un residuo del secular arbitrismo hispánico; es decir, de esa manía que llevaba a muchos hombres respetables a proponer a la Corte elaborados proyectos para hacer navegable el Manzanares o poner en regadío el desierto de los Monegros. A la mayoría simplemente no se les hacía caso: se les dejaba peregrinar de puerta en puerta, con su legajo bajo el brazo, hasta que se cansaban y volvían a su pueblo para morir en paz, ya curados de manías, como Don Quijote. Tenían su mérito: en un país sin libertad de pensamiento, ellos ejercían la suya para postular un mundo mejor. Y cabía suponer que, en una sociedad más libre, la locura arbitrista sería sustituida por el debate abierto y razonable. Pero esa suposición no preveía ese otro arrebato que afecta a cualquier ciudadano normal, competente en lo suyo, cuando se le pone un micrófono por delante.

La cura, de todos modos, es fácil: a quien proponga sobrecargar o devaluar la escuela mediante la introducción de asignaturas traídas por los pelos, oblíguesele a acudir a reuniones con equipos de pedagogos y planificadores educativos, y a traducir su propuesta a la jerga pedagógica al uso. Más de uno, al segundo día, pedirá disculpas en público por haberse metido en camisa de once varas. Y admitirá, en fin, que donde mejor aprende uno a distinguir un espárrago de otro es en la mesa de su casa, o en la plaza de abastos, o en el seno de una peña de amigos que salen a comer. En la vida, en fin, que es la única escuela en la que cabe todo.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

2 comentarios:

Manuel dijo...

Vaya, ahora que pretendía proponer una asignatura de enfoscados y morteros. Para una vez que pretendía ser funcionario.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Bueno, esa asignatura sí estaría justificada, y mucho, en un modulo de formación profesional.