viernes, mayo 16, 2008

EX LECTORES

En un mundo bien ordenado, el Día del Libro y las subsiguientes ferias del ramo no deberían celebrarse en primavera, en vísperas de la estación estival, sino a finales del otoño, cuando se aproximan las noches largas que exigen reclusión y recogimiento. Tardes para leer a la luz de una lámpara, pegados a la mesa camilla. El verano, en buena ley, habría que reservarlo para las actividades al aire libre, para la naturaleza, para la gratificación de los sentidos en circunstancias en que éstos no parecen exclusivamente empeñados en asegurar nuestra supervivencia en un medio hostil.

Pero en los departamentos de mercadotecnia de las editoriales y en los despachos ministeriales deben de pensar lo contrario: en invierno la gente está demasiado cansada y tiene ganas de acostarse temprano, después de aturdirse con la televisión. Por esa misma lógica, el verano se presenta como la estación lectora por excelencia, y en el equipaje del turista suele figurar siempre un novelón de ochocientas páginas, que va manchándose insensiblemente de caldo de aceitunas o loción solar, según su destino lo arrastre de la terraza de un bar a una tumbona en la playa.

Le llegan a uno de vez en cuando esas encuestas que aseguran que sólo un cuarenta y tantos por ciento de los españoles leen con asiduidad, y la impresión es siempre la misma: pecan por exceso. La mayoría de los que dicen leer se justifican por ese novelón sobado que llevan de aquí para allá durante el verano. Para ellos se escriben los best-sellers; con ellos hacen su agosto (nunca mejor dicho) no tanto las librerías como los quioscos de las estaciones y las papelerías de barrio. Qué buen servicio hacen unos y otras a nuestra mala conciencia de ex lectores. Porque, según esas mismas encuestas, quienes más leen, en contra de las apariencias, son los adolescentes de doce y trece años. Luego lo vamos dejando; y llega un momento en el que los horarios extenuantes, los cantos de sirena de la cultura audiovisual y la mera pereza nos proporcionan la excusa perfecta para no leer más que ese tocho veraniego que nos autoriza a decir que todavía nuestra inteligencia se permite de vez en cuando una cana al aire, como esos ex fumadores que, por coquetería, a veces se permiten encender un cigarrillo y darle una caladita.

Nadie se libra de ser ex lector. Incluso quienes alardean de leer mucho leen siempre menos de lo que quisieran, o de lo que exige esa fuerza de atracción por la que un libro conduce a otro, y éste a otro... Vamos a las ferias del libro y las sentimos como un reproche a ese afán insaciable. El tiempo se nos va. Toda una vida no alcanza para leer cuanto quisiéramos. Y quienes no lo hacen, al ver ese afán insatisfecho, se sienten reafirmados: para qué empezar a leer el primer libro, pensarán, si no va a darnos tiempo de llegar al último.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

1 comentario:

Mery dijo...

O quizá debería haber dos ferias: la de Otoño, para libros de mayor envergadura, digamos, intelectual. La de Primavera, dedicada a esos libros que mucha gente tiende a llamar "de vacaciones".
Nunca he entendido por qué en verano hay que leer naderías, como si el cerebro se licuara al son de las olas o la horchata playera.

Un excelente artículo, por cierto.