jueves, mayo 15, 2008

GIGANTE

El sol diluido en una neblina que, más que amortiguar la luz, amortigua los ruidos. Recorro el paseo marítimo a esa hora intempestiva en que los bares amenazan a los comensales tardíos con cerrarles la cocina. Yo soy uno de esos comensales tardíos, en busca de un sitio para comer. Pero no tengo demasiada prisa: la persona con quien he quedado no llegará hasta las tres y media, por lo menos. Así que voy despacio, recreándome en el ruido apagado de mis propios pasos, en el chapoteo tenue del mar contra el cantil. Son los únicos sonidos nítidos. De fondo, el estruendo de la carretera lejana parece venir de otra dimensión. Ni frío ni calor. Nadie a la vista. Y, de pronto, no sé por qué, la impresión de que quien está en otra dimensión soy yo, fuera del tiempo y del espacio. Ni siquiera siento el hambre que debería acuciarme a esta hora. Aflojo el paso. "Me sobra el tiempo", me digo. Y el caso es que me retraso más de la cuenta y, cuando llego al punto de cita, me dicen: "¿Dónde te habías metido?". Y no sé muy bien qué responder.

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Todos los años, cuando cumplimento el trámite de "preseleccionar" los libros que concurren a cierto premio literario, hay una tarde o dos en que lo penoso de esa labor se aligera con la sensación de que este conjunto de tentativas anónimas, muchas de ellas mal mecanografiadas y peor encuadernadas, y no avaladas por ningún otro filtro previo, constituyen el retrato más exacto que uno pueda tener del panorama literario actual. Año tras año, insensiblemente, cambian las modas, las influencias, los maestros. Los libros de esta convocatoria, por ejemplo, muestran bien a las claras que la ola de poesía más o menos neoclásica que empezó a imponerse a finales de los setenta y, con diferentes coberturas estéticas, ha mantenido el predominio durante todo un cuarto de siglo, empieza a agotarse; o, por lo menos, a ser incapaz de inspirar y entusiasmar a los nuevos talentos. Los libros de este tipo que hojeo son todos cansinos, prolijos, amanerados; y ello, independientemente de la capacidad técnica o la pericia que puedan demostrar. Abundan, en cambio, los poemarios puramente resultones, que se dejan leer más por el desparpajo y la frescura del tono que por lo que realmente dicen o cómo lo dicen. Poesía de iletrados, entre los que, inevitablemente, habrá de surgir más tarde o más temprano algún poeta verdadero. Es el signo de los tiempos, y habrá que estar alerta para no resultar del todo insensible a lo que puedan deparar. Aunque me temo que ese propósito, como tantos otros buenos propósitos que uno formula al cabo del día, no podrá cumplirse: si hubo quien permaneció ciego y sordo a lo que significó, pongo por caso, Rubén Darío, quién puede garantizar que uno llegue a enterarse de que alguno de estos monologuistas de show televisivo es un gran poeta. Por lo mismo, ya anticipa uno su propio purgatorio. Y sin haber llegado a conocer, antes, el paraíso.

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Los pantalones que me probé esta mañana estaban destinados a alguien un palmo y medio más alto que yo. Y cuando le pido a la dependienta que me tome la medida con alfileres, para cortar el sobrante, siento que estoy mutilando al hipotético gigante cuyo lugar ocupo en el mundo.

3 comentarios:

Antonio Serrano Cueto dijo...

El bosque no dejar ver los árboles. Claro que hay buenos poetas, algunos en cierne, otros, con cierta hechura; otros, disciplinados y con talento; otros... El problema, José Manuel, es que hay escasísimas oportunidades de demostrarlo. Si no es acudiendo a uno de los muchos concursos, donde me consta que no siempre se lee la totalidad de los ejemplares recibidos, qué otra opción hay. ¿Enviar el poemario, sin padrino previo, a una editorial? Un sueño. Por otra parte, en esos certámenes, si un participante no resulta premiado pero sus versos merecen destacarse, ¿acaso el jurado se pone en contacto con el autor simplemente para darle una sincera palmadita y decirle: "sigue trabajando que en ti hay un poeta sin labrar"? Otro error habitual es pensar que quien escribe, pongamos, versos y no ha publicado un libro, es porque sigue la estela de una "moda", pero no demostrará talento y constancia. Creo que tú y yo tenemos edad semejante. Pues bien, siempre he sido lector de poesía y hace más de veinte años que cortejo a las Musas, pero, como bien sabes, me he dedicado a las publicaciones de tipo universitario. No he publicado ningún libro de versos, pero quizás he destruido varios libros. Últimamente ya no los destruyo, pero también sé que en ciertos círculos se desdeña a los advenedizos. Como comprenderás, ya uno tiene cierta edad y una ya algo dilatada vida "como escritor de otras cosas" para que esto le preocupe, pero me pongo en la piel de los más jóvenes.
En fin, como ves, me has pillado charlatán. Abrazos.

Eduardo Flores dijo...

Es un mundo más sencillo de lo que parece y por ello, más difícil de tratar. Hablaré por ejemplo, en primera persona. Ayer mismo, leí uno de mis poemas a un prestigiosísimo poeta premiado por todos y cada uno de los concursos habidos y por haber. Una vez leído mi poema, me comenta, que tres de las palabras que se dan en mi poema, harían que en un concurso quedara desechado (porque es así: un escalón y me cruzo de acera). Después del debate sobre dicho poema, me reconoce y me dice, que no es ese tipo de poesía el que le gusta, que por lo tanto tampoco le hiciera mucho caso (ups: maldición: ahora qué). Por otro lado, siempre pensé en mandar un poemario a alguna editorial. Pero para qué, las editoriales pasan por completo de la poesía, y de hacerle algo de caso, me harían pagar una indecente suma de dinero por un trabajo (el suyo) más bien pesimo, un triste tratamiento de la obra. "Tú tranquilo que internet es el futuro de las letras". Primero, no me lo creo; segundo, la poesía es a las páginas como el verbo a la lengua. Al margen de todo, si no se participa en concursos, que como dice Antonio es un referente bastante incierto; el criterio de las vacas sagradas está sujeto a sus preferencias; ¿cómo leches voy a saber si no estoy perdiendo el tiempo en ilusiones mal llevadas? Si, ni siquiera me conocen en mi ciudad, ¿quién me ha de leer? Turururu, tururu, tururu (música de psicosis).

Un saludo,
Eduardo Flores.

TOMÁS dijo...

Cortázar era un gigante que crecía y crecía...Saludos.
http://tropicodelamancha.blogspot.com
José Manuel, escríbeme a mi correo electrónico: macondinos@hotmail.com
He de comentarte alguna cosa literaria. Gracias.