miércoles, mayo 21, 2008

LA DEUDA

En correos. Unas cinco personas en cola, todas ellas afectando esa seriedad un tanto impostada con la que cumplimos tareas profesionales de escasa relevancia, pero que justifican una salida de la oficina o la tienda. Nadie dice nada, nadie tiene nada que decir ni, aparentemente, conoce a ninguno de los presentes. Hasta que irrumpe un hombre delgado, de edad indefinida (lo mismo podría tener veinticinco años muy mal llevados que cincuenta conservados en formol) y modales desconsiderados y ruidosos. "Mira, una preguntita", dice al del mostrador casi desde la puerta, a voces. El diminituvo abusivo con el que ha querido atenuar su brusca irrupción nos pone a todos alerta. "¿Aquí hacen transferencias?". También el empleado imposta una seriedad profesional un tanto fuera de lugar. "¿Tiene usted cuenta con nosotros?". "Yo no", dice el recién llegado. Y el empleado le enumera las distintas posibilidades que hay para enviar una suma de dinero. "No, deja, deja, si yo nada más que venía a informarme. Es que me ha pasado una cosa, ¿sabes?". Y lo que ya sabemos todos es que la cola, que ya de por sí avanzaba despacio, cansinamente, con la aquiescencia de los presentes, que sabíamos que nada urgente habría de resolverse por el cumplimiento de los trámites que nos habían llevado allí, la cola, decía, va a sufrir un parón imprevisto, mientras todos quedamos obligados a asistir al relato que aquel desconsiderado, ataviado con un llamativo chándal celeste, se dispone a contar. Le habían reclamado una suma que, según él, ya había pagado... hacía catorce años, y, "por no meterse en juicios y abogados", la había vuelto a pagar. Y lo que quería saber era si había modo de demostrar que él había puesto ese giro catorce años atrás, para que esos hijos de p... El empleado lo interrumpe, antes de que la escalada verbal rebase los límites de ese logrado decoro de mañana laborable que manteníamos entre todos. No, los datos de contabilidad sólo se guardan cinco años... Lo mismo puede aplicarse, dice, a ese pago "que le han reclamado a usted"... La deuda, lo que fuera, habría ya prescrito. "Si no fuera así", concluye el empleado, "imagínese lo que pasaría: nos pasaríamos la vida reclamando cosas". El del chándal agradece las muestras de comprensión y se marcha, no sin repetir varias veces que él ha pagado de nuevo, "por no meterse en abogados". Me llega el turno. Franqueo mis cartas (envíos de libros, en fin) y salgo de la estafeta, preguntándome si no habré pagado yo también alguna deuda ya saldada, si este tráfago inútil que me traigo entre manos no obedece a algún propósito hace tiempo prescrito. Y me apunto a la conclusión final del empleado: de no ser así, nos pasaríamos la vida reclamando. Que es lo que hacemos, pese a todo.

1 comentario:

Mery dijo...

Estas historias de ventanilla tienen mucha sustancia: en primer lugar, por las pasiones violentas y repentinas que provocan, en segundo lugar, por las reflexiones que conlleva, una vez pasado ese instante de estupor (y mala leche).
Un saludo