domingo, mayo 04, 2008

MAYO

La coquetería de querer ahorrar una cerilla a la hora de reanimar el fuego: paso largos minutos dándole al soplillo y acercando papelitos y ramitas a las brasas que han sobrevivido a la noche. Luego, cuando la leña nueva vuelve a prender, bien puede uno jactarse: "Ya ves, no he tenido más que reavivar el de ayer". Pero es otro. (Y se sacude uno, como moscas, las inevitables y pegajosas moralejas.)

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Iniciamos aquella excursión sin propósito definido. Y terminamos perdidos en el monte. Durante dos largas y angustiosas horas no encontrábamos la vaguada o la senda que debería llevarnos de vuelta al pueblo: rodeábamos un cerro, pensando que el siguiente collado tendría la orientación correcta, y lo que encontrábamos al otro lado
era un nuevo reducto encajonado, sin salida, tan confuso como el anterior. Es asombroso cómo el paisaje parece multiplicarse. Al final, decidimos volver sobre nuestros pasos. Tampoco lo conseguimos; pero esa vez no nos falló el sentido de la orientación y, mal que bien, intuimos la dirección a la que debíamos dirigirnos. Llegamos agotados, sedientos, pasados de apetito. Y al cabo de las horas la confusión pareció aclararse: llegamos a la conclusión de que nuestro extravío había sido como el de Colón: no habíamos llegado a las Indias porque entre nuestra meta y el punto de partida se interponía un vasto continente, desconocido.

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Ese collado poblado de majoletos -en otros lugares lo llaman "espino albar"- muy crecidos, casi arbóreos, todos en flor. Se percibe una especie de perfume muy tenue, que no crece en intensidad cuando nos llevamos una rama a la nariz, como si no quisiera que reconociésemos su causa y origen, sino que anda diluido en el aire, prestando a éste una cualidad adormecedora. Entiende uno que los bosques hayan sido frecuentemente relacionados con la magia y los prodigios. De una mata baja surge una rapaz, que no acertamos a identificar, pese a que casi roza nuestras cabezas y apenas llega a remontar el vuelo, antes de posarse en otra mata unos pasos más atrás. Un lagarto verde, obsceno, se escurre entre las piedras. Ni una huella humana, aunque sí de animales que andan en estrecho trato con los humanos: vacas y cabras. Un toro de aspecto primitivo, con los cuernos muy abiertos, como un ñu africano, sale de debajo de una encina y se nos queda mirando casi con benevolencia. Es el dios del lugar, y los dioses deben de estar muy acostumbrados a ver a los humanos desorientados.

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La "febrícula" -lo que las madres llaman "destemplanza"- ha desaparecido, y la garganta vuelve por sus fueros. Casi lamenta uno que la convalecencia haya sido, después de todo, tan corta. La sed y la angustia de ayer terminaron de desplazar los últimos escozores de la enfermedad. Nuestra mortalidad es exclusivista: casi nunca acepta más de un actor en juego, a la hora de hacerse notar.

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Lecturas, películas. Calle 42, Oliver Twist, La soledad sonora (JRJ), Matar a un ruiseñor... Todo vagamente caduco y como desenfocado. Como bajo los efectos de esa brisa adormecedora de ayer, que no nos ha abandonado.

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Y K.: pese a ser una excelente cazadora (nos lo ha vuelto a demostrar con creces, dejando sobre la alfombra el cuerpo como de hule de una pequeña lagartija cazada en el patio), también comete errores de cálculo en sus movimientos. Había yo desplazado la rejilla salvachispas de la chimenea, para avivar el fuego, cuando oigo que la gata se estrella, a toda velocidad, contra el inesperado obstáculo, con tanta fuerza que lo derriba por tierra. Debe de haberse hecho mucho daño. Pero se limita a huir a uno de sus refugios habituales, más por salvar la dignidad herida, supongo, que por poner tierra por medio entre ella misma y los inesperados peligros que a veces surgen de la nada en esta casa semivacía.

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Y ya estamos en mayo, que es tanto como decir: hemos vuelto a casa.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Esta lectura alimenta. Me ha encatado "el cuerpecillo de hule". Aquí tambien decimos majoleto a los majuelos, no distinguimos unos de otros. Los utizamos como tila.
Manuel.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

A mí me han hablado de ese uso. Pero, al preguntarle a mis interlocutores, gente de campo, si la habían probado, me decían que no. Si la infusión transmite la misma tranquilidad que la propia imagen del arbusto, debe de ser eficacísima.

Manuel dijo...

Yo la he probado y muchas veces, no es dañina. Por lo menos a pequeñas dosis. La gente suelen recolectar sus flores, con luna creciente. Dicen que es cuando la planta está más activa. Pero da igual, funciona con las hojas e incluso con la leña. Se echa un puñadito en agua algo más de una cucharada por vaso y se endulza con azucar o miel al gusto. Un compañero argentino me invitó a mate y yo hice lo propio con el majuelo. Según me contó, durmió como nunca.
Si alguna vez viene a Puerto Serrano y quiere probar, pues ya sabe, me echa un correo.