lunes, mayo 19, 2008

NI FRÍO NI CALOR

Vuelvo a ver Chinatown, la incursión de Roman Polanski en el cine negro. Me recuerda algo a El largo adiós, de Robert Altman: aunque éste opta por situar la historia en un ambiente contemporáneo, y Polanski cede a la tentación de hacer una película camp, al estilo de Cotton Club, con mucho gasto de sastrería y peluquería, las dos presentan una visión de Los Ángeles que tiene más que ver con la idea contemporánea de la ciudad sin centro (y sin alma), hecha de escenarios disímiles, discontinuos, conectados entre sí por desoladas autopistas, que con la atmósfera urbana más o menos reconocible (callejas oscuras, garitos, farolas, anuncios luminosos, etc.) del cine negro clásico.

Aunque tal vez la diferencia mayor no sea esta manera de concebir el espacio, sino el propio fondo moral de las historias: la de Polanski (y, en cierto modo, la de Altman) destila un nihilismo perturbador, ausente del cine negro clásico, que es más bien un avatar tardío del Romanticismo. El detective no consigue enderezar ningún entuerto, sino que se limita a adquirir una conciencia de los hechos que, por excesiva e inútil, sólo puede sobrellevarse con un cinismo sin atenuantes. Así son las verdades a las que accede Jake Gittes, el personaje interpretado por Jack Nicholson en la película de Polanski: el desaforado cacique que especula con el abastecimiento de aguas de Los Ángeles arrastra consigo un pecado nefando (no diré cuál, para no estropearle a nadie la intriga), pero no sólo no pagará por ello, pese a haber sido desenmascarado, sino que quedará en situación de seguir ejerciendo su influjo corruptor sobre nuevas víctimas, sin que nadie pueda evitarlo.

Puede pensarse que ese nihilismo desesperanzado es la aportación europea al género, el toque característico que añaden al mismo cineastas como el propio Polanski, Milos Forman o Sergio Leone, y que estaba ya presente en Fritz Lang. Pero también cabe pensar que esa visión desencantada es la que corresponde a nuestro tiempo; y que el cinismo resultante es, al fin y al cabo, nuestra moral. Moral de gente acostumbrada a desayunarse todos los días con un escándalo urbanístico y unas pocas decenas de muertos.

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Y, ya para redondear el día, leo algunos poemas de Morgue, el libro de Gottfried Benn, traducido por Jesús Munárriz y publicado por Zut Ediciones. El punto de vista del forense sobre el género humano, no necesariamente peor que el de un detective privado, pero sí un tanto más... untuoso. Vísceras, sangre, suciedad, fluidos corporales. Un pesimismo indigerible; y, a la vez, a un paso de caer en la banalización, en la pose estética. En los excesos de brillantina y peluquería del cine de época, pongamos, como en la película de Polanski. El nihilismo tiene muchas caras, pero también tiene esa debilidad esencial: se reduce fácilmente a decorado. Aunque impresiona.

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Frío y calor a un mismo tiempo; lo que es un modo de decir: ni frío ni calor, sino todo lo contrario.

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