sábado, mayo 17, 2008

TEATRO

La gente. Vuelve uno de la calle con toda una gavilla de historias. Confiarlas sin más a este diario abierto sería un tanto indiscreto; pero, ¿qué hacer con ellas, si no? Casi me parece peligroso dejarlas ahí sin más, en la memoria, fermentando con lo mío, que tampoco es moco de pavo.

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A J.M. le ha agradado reconocerse en un apunte de Señales de humo. Se lo enseña ufano a sus conocidos, y hasta lo ha leído en el pequeño espacio de libros que tiene en la televisión local. "¿Qué pensará el cojo?", le digo, aludiendo al protagonista de la anécdota que él me contó y yo trasladé en su día a este cuaderno. Me dice que no lo ha vuelto a ver. Y piensa uno, modestamente, que, si no la hubiese anotado aquí, esa historia se hubiera perdido, como tantas cosas. No es que hubiese importado demasiado, pero acaso sea ése el mayor lujo de un escritor: consignar lo pequeño, lo insignificante; que es lo que, a la postre, más alegría nos dará reencontrar, en el momento de los recuentos.

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No conozco a ningún escritor que esté absolutamente satisfecho con sus logros literarios, ni con la consideración de la que éstos puedan gozar entre los demás. Ni siquiera los escritores de éxito. Los desplantes, los gestos de soberbia a los que tan proclives son algunos, revelan una mal disimulada inseguridad. En ese aspecto, parece evidente que este oficio jamás ha hecho feliz a nadie. O que las felicidades que depara son tan evanescentes y difíciles de explicar que no hay modo de constatarlas. Los noveles lo tienen más fácil: atribuyen esa insatisfacción a la sucesión de obstáculos que tienen por delante. Pero peor lo tienen quienes han superado ya todos esos obstáculos, y gozan de esa solvencia que les permite recabar el beneplácito ajeno para cualquier cosa que se propongan. ¿A qué atribuir entonces esa insatisfacción, que en algunos incluso se acentúa? Los que estamos en medio a veces recibimos mensajes contradictorios de uno y otro lado: la queja rencorosa del que empieza, el desdén ático del que se siente ya de vuelta. En el fondo, se considera uno afortunado: no te queda otra que trabajar, que es lo que importa.

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Por dos veces rechazo la invitación de I. a unirme a su grupo, que hace rancho aparte. Fue (todavía lo es, en cierto modo) una mujer hermosa y fuerte. Ahora muestra su flanco más desprotegido. Me impresiona su desvalimiento, del que ella es consciente, y que justifica por las cervezas que ha tomado. Y salgo literalmente corriendo, con el rabo entre las piernas.

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Cuando hunde sus colmillos en algo que tiene piel, vísceras, esqueleto, K. se siente más fiera, y lo demuestra: si uno le toca el lomo, vuelve el morro con intención de morder. Le hemos dado un boquerón y observamos el efecto. No sin sospechar, en fin, que también le echa un poco de teatro. Como todos.

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