miércoles, junio 18, 2008

ALTA COSTURA

Vuelvo a ver con agrado Alta costura (1954), la película que Luis Marquina hizo sobre la novela homónima de Darío Fernández-Flórez. Ambas resultan, para el gusto de hoy, remilgadas y cursis. Parece como si el autor, y también guionista y actor en la película, en la que se interpreta a sí mismo, no quisiera ser ya tan complaciente con el submundo madrileño de vividores y mantenidas que tan bien había retratado en Lola, espejo oscuro, y prefiriese dejar claro el punto de vista "políticamente correcto" de que sólo la decencia y la aceptación del lugar que cada uno ha de ocupar en la vida garantizan la felicidad: las ilusiones de Tona de casarse con un rico heredero se desvanecen cuando un sucio incidente desempolva su pasado; mientras que una de sus compañeras, que apuesta su felicidad a que su pretendiente consiga un modesto aumento de sueldo que le permita casarse, ve cumplidos sus sueños.

Dicho así, ya sé que parece una historia difícil de tragar hoy día. Pero, en su contexto, tanto la novela como la película reflejan con autenticidad el ambiguo mundillo de quienes, como estas modelos de alta costura, o el modisto homosexual, o los "guapos" que dependen de la benevolencia de éste, vivían en el límite mismo de la decencia admitida. Muestran un Madrid que quería ser "moderno" y europeo y, en su impotencia para serlo, adoptaba una moral cínica y una falsa actitud condescendiente con los que más arriesgaban en la apuesta. Y a ambas, a la novela y a la película, les siente bien la pátina del tiempo: a la primera, la condición de eterno olvidado que padece su autor, siempre al filo de una rehabilitación que no termina de llegar; y a la otra, la carga de melancolía que aportan su espléndida fotografía en blanco y negro, los trajes de Balenciaga y la atmósfera entre viciosa y decrépita de esos meublés donde se oculta lo inconfesable.

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1.50 euros la caña de cerveza; es decir, 250 de las antiguas pesetas. ¿A nadie más le parece que fue ayer cuando una caña costaba 60 pesetas, es decir, menos de la cuarta parte? Sólo que, en la nueva denominación, el precio abusivo parece una bagatela: como que lo pagamos con monedas de juguete, con billetes del Monopoly, en un mundo que, en las grandes ficciones que lo sustentan (la globalización, nuestra sobrevenida condición europea, etc.), no deja de parecer un juego de apariencias. Hasta la cerveza parece inconsútil, volátil, y me deja, en esa hora neutra del mediodía en que los estómagos vacíos son verdaderas fábricas de ensueños, la cabeza llena de humo.

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Las protestas de K, cuando le piso la pezuña con el pie descalzo. Nunca un maullido sonó tan parecido a un denuesto. Ni tan cargado de razón.

1 comentario:

Alhelito dijo...

Imagino a k. como una especie de hipogato