lunes, junio 16, 2008

CERDOS

Una última nota humorística rescatada del fin de semana: la imagen de una chica que lleva de una correa uno de esos cerditos exóticos que ahora se estilan como animales de compañía. Es una criatura rara (el cerdo, aunque también la chica lo es un poco). No tan pequeño como lo esperaba: supera el tamaño medio de sus congéneres semisalvajes que corretean por la sierra, endureciendo las carnes para la matanza. Sí es un poco más largo de piernas, lo que le da un extraño aspecto de llevar zancos, acentuado por el pelaje blanco que le cubre las patas. El resto es de un negro parduzco, distinto del gris oscuro o negro azulado característico del cerdo ibérico. Y aunque éste, cuando vive suelto en el campo, no suele estar demasiado sucio, el aspecto de su pelaje, hirsuto y cerdoso, no puede competir con la apariencia sedosa y brillante del de este congénere mimado. Todo lo cual, en su conjunto, resulta un tanto monstruoso, a la vez que cómicamente incongruente. La muchacha ha soltado la correa para abrir la puerta. Una vez abierta, lo llama por su nombre, y el animal da un gracioso saltito para salvar el escalón y corretea por el vestíbulo pulcro y amueblado con la misma naturalidad con que lo haría un caniche. Me quedo mirándolo, con esa expresión benevolente y supongo que más bien boba que creemos justificada cuando la dirigimos a un niño o a un animal de estas características. Pero se ve que la dueña no espera comprensión ni simpatía, y me da con la puerta en las narices (iba a decir: en los hocicos).

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La afasia de Baudelaire. Se ha dicho hasta la saciedad, pero no me importa repertirlo: qué instancia más apropiada de (in)justicia poética. El escritor privado de la palabra, condenado a balbucear durante semanas, hasta morir sin haber podido armar una última frase memorable. Bueno, sí: éstas son las que consignan sus biógrafos: "Buenos días, señor", y "La luna es bella". Frases que son como pulidas ironías del destino en labios de este autor que tan pocos respetos humanos supo granjearse y que tanto combatió el falso tópico poetizante.

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Y, como demostración de que existen las casualidades, busco en Google datos e imágenes del pintor belga Félicien Rops, amigo de Baudelaire y ángel guardián suyo durante sus últimos días en Bélgica, donde se inició su agonía; y lo primero que encuentro es... la imagen de una mujer que lleva a un cerdo de una correa. Sólo que el cerdo, en esta cínica alegoría tan afín al gusto de Baudelaire, nos representa a nosotros.

4 comentarios:

Antonio Serrano Cueto dijo...

Ella parece una cortesana. ¿Es una alegoría del vicio carnal? ¿Qué representan los angelitos (o amorcillos)? Interesante imagen. Saludos.

Anónimo dijo...

Debajo del cuadro pone "Pornocrates", está claro que es una prostituta ("porné" en griego es prostituta). Pienso que sí, es el poder de la prostitución. Lo de los angelitos es una convención tratada un poco "sui generis", si te fijas en la postura que presentan.

conde-duque dijo...

Lo de la afasia de Baudelaire es como lo del Alzheimer de Kant: ¡quedarse al final de sus días sin la noción del espacio y del tiempo!

José Manuel Benítez Ariza dijo...

La interpretación del comentarista anónimo es correcta. Rops ironiza sobre el poder de las prostitutas; o, más allá, sobre una sociedad regida por el principio de la satisfacción de todos los apetitos; que era también una de las obsesiones de Baudelaire.

A Rops se le atribuye la invención del démi nu; es decir, del desnudo a medias, o el desnudo aderezado con algunos accesorios.