martes, junio 17, 2008

ERRATAS

El conductor del autobús era nuevo en la línea. Le pedimos un billete para nuestro destino habitual y nos dice que su autobús no pasa por allí. "¿Cómo que no?", le espetamos, en un tono que trasluce quizá la irritación que producen las contrariedades incomprensibles. "Cogemos este autobús todos los días, a esta misma hora". El conductor mira sus papeles, duda, menea la cabeza. Por fin encuentra uno en el que se especifica que, a esta hora concreta, ese autobús para en el lugar que le decimos. Se disculpa, alega que sólo lleva dos días en esta línea y, tras forcejear no poco con la máquina expendedora, que tampoco conoce, nos da nuestros billetes.

Pero está claro que éste va a ser un viaje sorprendente. Al parar frente a la universidad, entre pinares, un viajero le dice al conductor que espere, que tiene que bajar... a orinar. El conductor, todavía enzarzado con las máquinas que no le responden y los itinerarios dudosos, no acierta a contestarle. Y allí nos vemos, parados en medio de un descampado, esperando que ese hombre sin complejos se sacuda la miembra (buena palabra ésta, que debemos a una ministra) entre los pinos.

***

Hay erratas que no sólo fastidian, sino que incluso envilecen el texto que tocan. Por ejemplo, las que detecto en esta biografía de Baudelaire a cargo de César González-Ruano que acaba de reeditar Planeta: mariana por mañana: esos crasos errores de lectura debidos al uso negligente de un escáner para transcribir textos impresos. Cuánta vagancia, cuánto desprecio del texto en esta clase de descuidos. Es curioso que en este país estemos a un paso de tener una policía lingüística, que vigile si usamos oportunamente la lengua regional de turno o el giro políticamente correcto adecuado, y no haya una agencia que certifique, aunque no sea más que a título meramente informativo, la calidad de textos que son ya acervo común, y cuyo maltrato nos afecta a todos.

***

Anoté en mi cuaderno de lecturas hace unos días la antología de José Juan Tablada que acababa de leer; pero, por un error inexplicable (uno también es propenso a las erratas), escribí "José Juan Vigorra" (¿?); y claro, cuando leo hoy ese nombre y el inexpresivo título del libro (Los ojos de la máscara), no consigo recordar de qué se trata. Y me entra una gran angustia, la de dar por cierto que no guardo la menor reminiscencia de un libro leído hace apenas unos días, y cuyo título tengo anotado. Y como no hace mucho me pasó algo del mismo género con mis gafas, que no conseguía recordar dónde las había dejado la noche anterior, y al final las encontré en un lugar absolutamente improbable, empiezo a dar crédito a la idea de que tengo intervalos de inconsciencia absoluta, en los que hago cosas de las que no tengo la menor constancia.

Interviene M.A. y, con ayuda de Google, identifica correctamente el libro perturbador. Subsanado el error, me quedo más tranquilo. Una tranquilidad algo hipócrita. Porque lo cierto es que si ese presunto olvido lo hubiese constatado dos meses más tarde, me hubiese dado igual: a esa distancia, tengo ya comprobado que la mayoría de las cosas que leo las tengo ya más que olvidadas. Y sin que me duela la pérdida. (No digamos ya las películas.)

4 comentarios:

Anónimo dijo...

"Memoria claudit", querido José M. Fíjate lo que podemos leer en el magnífico ensayo de Étienne Klein, "Las tácticas de Cronos", respecto a la memoria(estoy segura que te tranquilizará): "la capacidad de olvido siempre ha sido menos valorada que la memorización, como si sólo fuera expresión de un fallo de la conciencia, de un fracaso de la memoria. Sin embargo, el papel que desempeña es tan importante como el de la memoria, puesto que esta facultad es la que, a la larga, despeja la mente, mitiga los afectos y protege de los pesares relacionados con el pasado...Entrevemos una especie de paradoja: lo más decisivo, lo que queda grabado de forma indeleble, lo que no sufre el desgaste normal del tiempo, a diferencia de los recuerdos que el sujeto evoca con facilidad, es aquello que parece haber sido olvidado "por completo"." (La variable oculta de un físico cuántico).

profesor franz dijo...

Autobuses que paran en los pinares para que los pasajeros bajen a aliviar la vejiga. Me alegra saber que nuestra pertenencia al club de los países más desarrollados no ha acabado con usos tradicionales dictados por el sentido común y la cortesía.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Según lo que dice "anónimo", debo de tener una memoria de lo más saneada: todo olvidos.

Lo del autobús, amigo Franz, no lo había pensado desde ese punto de vista. La verdad es que tampoco el autobús acreditaba nuestra pertenencia a ningún club de países desarrollados.

Mery dijo...

Esos lapsus olvidadizos quizá se correspondan a estos otros : ¿has visto esa película en la que trabaja esa mujer rubia...si hombre..esa que también hizo...jo, que no me sale...?
Muy propio de la cuarentena, según me dicen, y según voy comprobando por mis propios medios. Ayyyy...