viernes, junio 27, 2008

FANTASMAS

La pregunta es muy simple: ¿no será que nos hemos equivocado? O, más exactamente todavía: ¿no será que confundíamos unas cosas con otras? Porque una cosa era recuperar el sentimiento de pertenencia a Europa, a una tradición cultural, a un modo de vida, de los que nos alejaban el atraso económico y la penosa excepcionalidad política en que estábamos sumidos, y otra muy distinta tener plaza en una especie de asociación de tenderos asustadizos, que dan palos de ciego para evitar verse arrollados por los grandes hipermercados que les están abriendo en la periferia. La periferia es el mundo. Y la secuencia de palos de ciego todavía continúa.

Primero, inventaron una moneda de juguete, para darse ínfulas de gran potencia. Y la prueba de que nadie confió en el valor nominal de esa nueva moneda es que rápidamente la equiparamos a la que más se le parecía en el sistema monetario antiguo: quiero decir que, en cuestión de meses, cuando no de días, dimos por sentado que la equivalencia natural del euro era la moneda de cien pesetas. Ya lo dijo, recuerdo, en una entrevista publicada en vísperas de la implantación de la nueva moneda, un vendedor de patatas fritas al que le preguntaron cómo se las iba a arreglar para dar el cambio a los compradores. ¿Cambio?, dijo. No habrá problema: el paquete de patatas que antes costaba cien pesetas costará ahora un euro. Por esas cuentas nos hemos regido desde entonces. Una caña de cerveza, que entonces valía algo menos de cien pesetas, y que ahora debería valer unas ciento cincuenta, se cobra a un euro y medio; lo que, nominalmente, tiene casi los mismos dígitos que el precio que consideraríamos justo; pero, en realidad, supone un recargo añadido de cien pesetas más.

Uno casi estaría dispuesto a dar por bueno el recargo, si fuera el precio que habíamos de pagar por habitar un espacio político y jurídico privilegiado. Pero lo cierto es que incluso esto último empieza a resultar dudoso. Esas cien pesetas de más no serán impedimento para que entre en vigor una nueva legislación laboral que amplía la jornada semanal a sesenta y cinco horas; o para que se pretenda resolver el problema de la inmigración a fuerza de negar los derechos elementales de los inmigrantes; o para que en algunos países, como en Suecia (la envidiada Suecia, paraíso de las libertades individuales), la policía pueda ya intervenir la correspondencia o el correo electrónico de los ciudadanos sin que medie una autorización judicial. Si el desarrollo presentaba hasta ahora un aspecto permisivo y hedonista, hay suficientes indicios que apuntan a que el mundo rico alguna vez podría encaminarse por otros derroteros. Que los fantasmas que permanentemente han invocado los grandes novelistas europeos, como Dickens o Dostoievski, están prestos a resucitar. Y que no hacemos nada para evitarlo.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

1 comentario:

Mabalot dijo...

Excelente texto sr. Ariza. Fuimos a por lana y volvimos trasquilados...