jueves, junio 26, 2008

INFIERNOS MUSICALES

En el lugar donde trabajo se están examinando los futuros profesores de Música. Entro y veo en el vestíbulo a los más madrugadores: una docena, aproximadamente, cada uno con su instrumento, y muchos de ellos calentando ya dedos y pulmones y haciendo escalas y arpegios. De fondo, una voz de soprano dando el do de pecho. La atmósfera es un tanto disparatada, y tiene algo de ese infierno musical que imaginó el Bosco. Transita uno con sus papeleos de fin de curso entre estos músicos atribulados y siente el alivio retrospectivo de presenciar un trámite penoso que uno ha superado ya. Pero también, viendo a cada cual con su instrumento, me sobreviene una inesperada envidia hacia estas personas que pretenden asegurarse un puesto de trabajo mediante el procedimiento de demostrar que poseen lo que quienes no tenemos conocimientos ni habilidades musicales no podemos por menos que considerar un don. Yo me gané mi empleo demostrando que conocía la gramática inglesa (que no es nada del otro mundo, todo hay que decirlo) y perorando durante media hora sobre la novela inglesa de posguerra (que tampoco es para tirar cohetes)... Éstos, en cambio, sacarán su flauta, su clarinete, su guitarra, o carraspearán levemente, antes de atacar un aire de Mozart o un aria de Rossini ante unos señores muy circunspectos, que tampoco se han visto en otra igual en mucho tiempo... Aguzo el oído: distingo unos compases de un concierto de trompa de Mozart. Por el mero hecho de haberle arrancado unos sonidos tan gráciles a su instrumento, yo ya le otorgaría un premio y una pensión vitalicia al artífice de los mismos. Pero, en fin, las cosas no son tan sencillas.

***

No lo son tampoco para A., que no sabe si presentarse o no a cierto premio literario. Me pregunta mi parecer sobre el mismo. "¿Es honrado? Porque me han dicho que..." Lo que le han dicho es que en todas partes cuecen habas, y yo le digo que sí, que he oído hablar de alguna que otra haba cocida en las cocinas de ese concurso, pero que lo mismo esos ganadores sospechosos, de los que él y yo tenemos noticia, hubiesen ganado igual sin que hubiese mediado su paisanaje o su amistad con algún que otro miembro del jurado... Al fin y al cabo, no hay tantas personas capaces de urdir un libro limpio y correcto, que es lo que ahí invariablemente se premia, dada la composición del jurado.

A. parece convencido. "¿Sabes? Confío en tu palabra. Me voy a presentar". Al principio, doy por sentado que la parte de mi discurso que ha merecido su confianza es la segunda, la que aseguraba un cierto grado de ecuanimidad por parte del jurado. Pero no: es justo la otra, la de las habas. "Al fin y al cabo, conozco a X., que preselecciona los libros que pasan al jurado, y a Y., que ha editado algún libro mío...". Y entiendo (y no se lo reprocho) que lo que quería saber no era si el concurso garantizaba el total anonimato de los participantes, sino si podía sacar algún partido al grado de notoriedad del que ya goza.

Lo que, no sé por qué, me causa una extraña desazón y me mantiene dando vueltas en la cama hasta altas horas de la madrugada.

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