domingo, junio 08, 2008

LA FERIA






Las ferias obedecen siempre a un planteamiento infantil: vamos a ellas a subirnos en los caballitos, pegasos, lindos pegasos. Miro mi mano cerrada en torno a un objeto cilíndrico: habrá quien piense que es un vaso largo, y que contiene una bebida. Pero no: es el eje sobre el que sube y baja el caballito, y lo tengo bien asido para no caerme.

***

La misión de esos ventiladores de techo que ponen en las casetas de feria es decapitar los deseos que vuelan demasiado alto.

***

Escotes. Hay una regla no escrita de urbanidad que prohíbe mirarlos con demasiada fijeza, pero que autoriza a inclinar la cabeza brevemente ante ellos, en señal de asentimiento.

***

Las espaldas desnudas, en cambio, invitan a la impunidad.

***

Ese cónclave de fantasmas que se congrega alrededor de una mesa con los vasos vacíos.

***

El alma de las ferias son los urinarios.

***

Y estas arquitecturas efímeras, hechas como para que se las lleve por delante ese huracán que amenaza siempre el trópico de pega de las ferias.

2 comentarios:

Antonio Serrano Cueto dijo...

Acabo de volver de la feria de Puerto Real, así que me siento especialmente receptivo a tus comentarios. Hace años que la frecuento: es pequeña, provinciana y normalmente se almuerza con un camarero que te atiende en las mesas. Eso es hoy "rara avis". Pero me cuesta acostumbrarme al ambiente de arrabal de las calles de los cacharros (la "Calle del Infierno" la llaman en la feria de Sevilla), especialmente a los barracones que suelen rodear las atracciones, con sus chorritos del agua sobre los altramuces, el olor a sudor rancio y a polvo de peluche viajero. Y cómo ha cambiado el personal que atiende en muchos de estos cacharros. Cuando yo era un niño y buscaba los coches de choque, bajo las melodías de Camilo Sesto o Juan Pardo, solía atenderte un gitano quizás oriundo de Málaga u Almería; hoy, sin embargo, me han atendido trabajadores del Este, quizás rumanos, y apenas si me han dirigido un escueto "no soltar manos" cuando me disponía con mi hija a subir a esa especie de pequeña montaña rusa bañada en agua. A tres euros el invento. Pero lo que más me ha llamado la atención es que, salvo en una o dos casetas, en todas las demás sonaba música latina o cañera, pero no sevillanas, que es lo que hay que bailar con traje de flamenca, y no a Carlos Vives o al Médico de la Salsa. En fin, las ferias de pueblo son al folcklore nativo lo que Eurovisión a la música europea: Chiqui Chiqui...

Mery dijo...

Hace un par de dias hablé en mi blog acerca de una feria de barrio: otro punto de vista, otro tipo de feria.