martes, junio 24, 2008

LO NUESTRO

(Dejo para hoy este apunte del pasado domingo). Paseo matinal por el campo. Nos levantamos a las nueve y, sin desayunar, tomamos la cuesta que arranca detrás del hostalito que tenemos al final de la calle y, en cuanto hemos alcanzado la suficiente altura (lo que implica, en fin, que el paisaje circundante se ha complicado en multitud de pliegues y recovecos), buscamos el descenso hacia cierto remanso de un arroyo donde hace apenas tres semanas había aún bastante agua.

Hoy ya no. El agua que queda se ha estancado en un par de pozas, y el resto del cauce está seco y polvoriento. El lugar, sin embargo, no se ha degradado aún por las calores y la presencia del agua malsana. Conserva un frescor que parece incluso anterior al propio frescor de la noche, y su condición de claro en medio de una espesura cerrada concede evidentes privilegios a la vegetación que lo circunda: las adelfas, que hasta la altura de una persona apenas tienen hojas ni flores, florecen profusamente más arriba, aprovechando la luz; y los majoletos, que en la espesura circundante aún ni siquiera han florecido, aquí empiezan ya a madurar esas cápsulas que, una vez en sazón, se convierten en esas graciosas manzanitas en miniatura que por aquí conocen como "pan de pastor".

Permanecemos allí callados, sentados, durante una media hora. Apenas se oye el zumbar de un moscardón, enviado por la autoridad competente para recordarnos que ciertos apartamientos del mundo no están bien vistos en esta sociedad del ruido, y un difuso coro de pájaros más o menos dispersos y lejanos, en el que irrumpe con fuerza el canto de un ruiseñor..., o de lo que yo creo, por referencias, que es un ruiseñor. Porque la impresión predominante es que aquí se habla un lenguaje que no conocemos, y que las propias presencias indescifrables que pueblan el lugar son signos de ese lenguaje ignoto. Como para confirmar nuestros temores, a la vuelta confundimos el sendero ascendente y nos vemos abocados a una espesura sin salida. Rectificamos y, al alcanzar el punto donde nos habíamos desviado, vemos que alguien había dejado en el suelo un atadijo de ramas, como para advertir del camino falso. También inquietan estas irrupciones extrañas de lo humano en un paisaje en el que, en principio, no hay otras huellas de presencias ajenas.

Pero el campo definitivamente quiere mostrar su lado amable, y hasta el ascenso resulta, en contra de lo previsto, inesperadamente ligero; más, incluso, que la bajada. Con lo que se hace uno la ilusión, a la vuelta, de que hemos alcanzado (no exagero) un punto de ingravidez, y que lo nuestro es subir.

1 comentario:

Sergio dijo...

Sorprendente como se engaña uno.

Lo bueno es que el camino falso siempre esta señalizado, cuestion pues de ser aguzado.