lunes, junio 02, 2008

SAN ESTEBAN

La "diana floreada" no acaba de decidirse a pasar por nuestra calle. Vemos a los músicos parados en la esquina, dubitativos. En esa calle de casas nuevas, deben decirse, seguro que no vive nadie a quien pueda interesar nuestro rito festivo. Pero se equivocan. Del balcón de al lado veo asomar una cabezota desgreñada, seguramente de mujer. En el nuestro estamos ya toda la familia, recién despertada. Incluso K. ha hecho el intento de asomarse. Pero se ve que esta música ratonera no les gusta a los gatos: al primer golpe de bombo, sale despavorida hacia el interior de la casa.

El caso es que, una vez desayunados y vestidos, nos acercamos a las inmediaciones de la iglesia, para ver el ambiente. Aquí incluso las fiestas públicas resultan íntimas. Qué pocos son. Pero cómo se multiplican para hacer de ejecutantes y de público al mismo tiempo, con cuánta precisión y puntualidad llevan a cabo el programa previsto, cuánta seriedad le ponen a lo que, a simple vista, parece más una parodia de fiesta que una fiesta propiamente dicha. O, más que una parodia, una fiesta con todas las de la ley, sí, pero en miniatura, como celebrada por niños, con aditamentos y utensilios a la medida de los niños. El santo, por ejemplo: parece un muñeco, y basta un solo hombre para sacarlo en volandas de la iglesia y colocarlo en su carreta, que es también una miniatura, y va tirada por un tractor minúsculo, que más parece una podadora de césped, como la que sale en Una historia verdadera.

Tocan el himno e, inmediatamente después, un pasodoble. El público congregado -apenas unas decenas de personas, que aquí equivalen a una multitud- rompe a aplaudir. Y uno, que no comparte el significado de estos ritos, y que asiste a ellos por mera curiosidad, digamos, etnológica, siente también cierta emoción y mentalmente se enconmienda al santo (uno, tan ateo) para que se lleve consigo los fantasmas de la decepción y el cansancio, de la neurastenia y la insatisfacción. Miro a M.A. y me da la impresión de que debe de estar pensando algo parecido. Y en ese estado de ánimo, fortalecido por la ironía de sabernos mutuamente conocedores del secreto del otro, nos unimos a la comitiva festiva que se ha ido congregando, no tanto alrededor de San Esteban, como del otro remolque, el que lleva el barril de vino.

El trayecto dura apenas una hora, y eso porque lo hemos recorrido con extrema lentitud, al paso del tractor sin fuerzas y la charanga desorganizada. Hace un día desapacible y amenaza llover. La luz indecisa, entre el sol que asoma entre las nubes y los nublados súbitos, acentúa el relieve de las montañas que ciñen la carretera. Un buitre solitario sobrevuela el cortejo. Una cabra montesa asoma entre los riscos. Y así llegamos al llano, más allá del hotel en ruinas, con las cuencas vacías de sus ventanas abiertas al valle, y del pilón de la fuente, desbordado por las últimas lluvias. Siento cierta ansiedad por adelantarme y coger un buen sitio para almorzar. Pero aquí no hay necesidad de competir: en el merendero hay más mesas que público, y ni siquiera hay que preocuparse por ponerse a resguardo del sol: a campo abierto hace un frío que pela, impropio del primer día de junio. Poco a poco, voy soltando los demonios que llevo dentro: la ansiedad, las prisas, la propia dispepsia que me ha acompañado todo el fin de semana. Me animo a tomar unos vasos del vinillo dulce que expende un barrilito colocado al efecto junto a unos lavaderos, me atrevo a probar las chacinas que reparten las mujeres. Mi estómago dañado aguanta milagrosamente, y casi da muestras de un excelente apetito. Llegan unos amigos, que apenas han dormido unas horas, después de haber trasnochado el día anterior. Todos juntos, esperamos la consumación del milagro. Aquí es fácil: sin prisas, sin motivos reales para la ansiedad, sin jefes ni chivatos. Así, hasta un santo de juguete, como éste, puede ejercer ampliamente su influjo benéfico. Ya veremos mañana.

2 comentarios:

Mery dijo...

El campo y las costumbres sencillas de sus gentes nos devuelven, quizá, esa memoria genética que seguramente tenemos.
Y nos recuerdan que fuimos, antes que nada, almas llanas buscando la protección de lo trascendente.

Seguro que el ambiente desplegado alrededor acabó por alejar esos demonios bien lejos. Espero que así fuera.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Así fue, más o menos.