lunes, julio 21, 2008

ACRÓBATAS

Qué poco pesa cualquier mérito objetivo (no sé: títulos universitarios, logros profesionales o artísticos, etc.) en una de esas reuniones sociales en las que lo urgente e importante, de pronto, es cantar o contar chistes. Si en ese momento se presentara el diablo y propusiera el canje, cuántas carreras brillantes serían vendidas por el don de ser, durante unos minutos, el protagonista de la reunión.

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Estos pintores de fachadas, en cambio, no necesitan vender su alma al diablo para tener su cuota en la conversación ininterrumpida que mantienen en los aires desde primera hora de la mañana. Se parece, salvando todas las distancias, al canto de los pájaros. Tal vez porque tiene lugar en un espacio donde, antes de que estuviera su plataforma elevadora y sus andamios, sólo había pájaros.

Los pintores, esos acróbatas resignados a que nadie les aplauda.

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Hay sólo dos viviendas habitadas en esta calle de casas nuevas; las dos, por gente que ha venido a pasar el fin de semana. En una, tres parejas de treintaañeros ruidosos, empeñados en seguir pareciendo los adolescentes que dejaron de ser hace lo menos tres lustros; en la otra, una pareja madura y silenciosa, acompañada de una gata. El calor no deja dormir a nadie, así que cada uno se distrae como puede. Los treintaañeros han sacado sus vasos a la calle, han improvisado un botellón algo deslucido bajo el cielo despojado de la sierra. Los otros han alargado la sobremesa y, para rematarla, se han puesto a ver una película; que, miren por donde, no es otra que La dolce vita. La gata dormita en un sillón. De vez en cuando, los de la calle hacen una pausa en su voluntarioso guirigay, como para desentrañar qué demonios son esas voces que salen de la otra casa. A ratos, da la impresión de que hay una especie de ten con ten, como si tanto los de la película como los bebedores quisieran monopolizar el uso de ese silencio de fondo que, pese a todo, sigue siendo el factor dominante de la situación. Porque hay ocasiones en las que el silencio de fondo es tan impresionante que los ruidos particulares con que procuramos contrarrestarlo tienen justo el efecto contrario, como si vertiéramos unas gotas escasas de agua en un recipiente inmenso, y éstas se evaporaran o desintegraran antes incluso de tocar fondo.

Pero la película es larga. Y, a eso de las tres de la mañana, mientras Marcello, el protagonista, anda todavía proponiendo juegos nihilistas en una reunión de treintaañeros no menos desnortados que los de la calle, éstos se dan por vencidos y, uno a uno, o de dos en dos, según, se reintegran a su casa. Donde, tras un ligero repunte de la conversación, se van a dormir, puede que arrullados por la musiquilla de Nino Rota que acompaña los créditos finales de la película.

1 comentario:

Bárbara dijo...

No hay confundir nunca lo urgente con lo importante. Por supuesto, lo urgente es escribir. lo importante saber arancarse con una canción o con un chiste...